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Introducción
Comunidad: Oportunidad y peligro
por Dionisio Byler
Desde hace años el SEUT (Seminario Evangélico Unido de Teología) viene celebrando Encuentros para nuestros estudiantes por extensión, brindándoles la oportunidad para conocer a sus tutores personalmente y conocer también a otros estudiantes.
En la ocasión del 9º Encuentro, programado para los días 18-20 de noviembre de 2005, el tema propuesto fue Comunidad: oportunidad y peligro.La convocatoria para el Encuentro ponía:
Uno de los problemas más agudos del mundo contemporáneo es la ruptura del sentido de comunidad y el empobrecimiento de las diversas formas de comunidad humana.El individuo se encuentra desamparado y solo; las familias y grupos humanos se van desmembrando y destruyendo.¿Cómo nos afecta este fenómeno a las iglesias y congregaciones cristianas?¿Podemos ofrecer alternativas humanizadoras?¿Qué pistas y elementos constructivos nos ofrecen la Biblia y la fe cristiana?
En una primera sesión de toma de contacto con el tema y de romper el hielo entre los participantes, se observó que había presentes personas con una gran diversidad de experiencias con el tema de la comunidad cristiana, desde alguno con años vividos en «comunidad de vida» donde se compartían vivienda y bienes con hermanos y hermanas, hasta alguno cuya experiencia de comunidad cristiana se limitaba a los cultos dominicales en su iglesia local.También se tomó nota de que para muchos evangélicos en España, la totalidad de su experiencia de conversión y vida cristiana comprometida sucede en el marco de comunidades especialmente intensivas: en el contexto de rehabilitación de toxicomanía, prostitución y delincuencia en centros como, por ejemplo, Remar o Reto.
Los participantes del Encuentro que habían participado en experiencias muy intensivas de comunidad cristiana, comentaron aspectos positivos de esa vivencia, de profunda integridad como estilo de vida cristiano; pero tampoco escondieron la realidad de los peligros, especialmente los que se producen en presencia de inmadurez personal tanto de líderes como de «los débiles».Con estos testimonios personales a modo de trasfondo, se pasó a oír y debatir las conferencias.
Las conferencias —que se reproducen en el presente número del boletín Encuentro— se enfocaron desde tres ángulos o perspectivas concretas, reflejando la diversidad de intereses y competencias de nuestro claustro de profesores:
Sergio Rosell, del Departamento de Biblia del SEUT, habló sobre «Comunidad: perspectiva Bíblica».
En primer lugar, Rosell plantea la idea de la pluralidad del testimonio bíblico —en este tema y en otros— donde cualquier intento de reducirlo a una postura o enseñanza única y vinculante acaba distorsionando el propio texto al que se pretende ensalzar como fuente de revelación.Eso lleva obligadamente a la necesidad de juzgar y discernir entre mensajes.«”Bíblicas” son muchas cosas, pero lo que aquí se pretende hacer es ir un paso más allá, hacia lo genuinamente cristiano» —propone Rosell (p. 6).
En segundo lugar, esto le lleva a examinar algunas propuestas recientes probablemente calificables como «postmodernas» —en un sentido positivo, como avance en la evolución del saber humano— en la definición de qué es lo que se pretende hacer en la labor de interpretación de los textos bíblicos.Si el tema propuesto para este Encuentro es «Comunidad: oportunidad y peligros», Rosell nos ofrece una cita de Thomas Merton sobre la hermenéutica propuesta: «Esta forma de leer el texto bíblico [será una cultura caracterizada por el riesgo, la lucha y el redescubrimiento de la libertad]» (p. 7).Una lectura del texto bíblico cuyo desenlace tiene que resultar en la transformación de quien lee la Biblia.
Con esto, Rosell nos lleva a descubrir cuatro aspectos o rasgos esenciales de la experiencia de comunidad cristiana descrita/enseñada por los textos del Nuevo Testamento:
- La comunidad constituye en sí misma un anuncio del Reino de Dios.Hablar tanto de «comunidad» como de «reino» nos lleva, obviamente, más allá de lo estrictamente individual o individualista en la concepción del evangelio, la conversión y la salvación.Rosell observa que en la convivencia comunitaria descrita en los primeros capítulos de Hechos, se ponen en práctica algunos de los ideales (¿concebidos como inalcanzables?) de algunos filósofos en boga entre los contemporáneos de los apóstoles.
El debate que puede suscitar esto sería, quizá, el de si entonces el Reino de Dios ha dejado de anunciarse en esencia, una vez que han desaparecido las formas concretas de expresión de comunidad descritas a principios de Hechos.Si el resultado de nuestra evangelización es el de cristianos que viven vidas piadosas, sí, pero individualistas y aisladas, ¿sigue acaso siendo el mismo mensaje el que se está anunciando o es que lo hemos sustituido por otro diferente?
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Centrándose en la experiencia de los ágapes que según las cartas de Pablo se celebraban conjuntamente entre cristianos de etnia judía y «gentiles», Rosell destaca la inclusión como elemento o rasgo esencial de la experiencia cristiana de comunidad.El peligro que observa Rosell en la tendencia cristiana a acoger a los excluidos por otras construcciones sociales, es el de rebajar las exigencias de lo que supone un auténtico compromiso, donde la iglesia «se vuelve un equipo de atención primaria» obviando la auténtica necesidad que tiene cada individuo de salvación, perdón y reconciliación con Dios.
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Pasando al rasgo de comunidad cristiana en cuanto comunidad teológica, Rosell identifica precisamente el polo contrario al peligro identificado con el rasgo de inclusión.La comunidad cristiana, al abrazar la doctrina de los apóstoles, el estudio de la Biblia y los símbolos de identidad cristiana, vive en la oportunidad que le ofrece la realidad de Dios y la revelación de Dios (y de la condición humana) que contiene la Escritura.Pero el peligro es ahora el de negar la eficacia de la tendencia a la inclusión simbolizada por el ágape interétnico.
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El cuarto y último rasgo de la comunidad cristiana que examina Rosell, es el de ser una comunidad escatológica.Es una comunidad que se sabe en camino hacia realidades en las que cree pero que todavía no encarna en toda plenitud.Esto debería infundirnos una importante dosis de humildad, aunque no siempre es así.
Lo cual nos deja preguntándonos por qué, si la esperanza cristiana está puesta en un futuro que por definición hoy sólo experimentamos en parte (por muy real e importante que sea esa parte), las comunidades cristianas han sido muchas veces, en efecto, tan poco humildes en su relación con el resto de la humanidad.Rosell observa que «la comunidad cristiana en ocasiones no está abierta a aprender de los que no son sus miembros» (p. 11).Pero esa falta de apertura a aprender de los que no son sus miembros probablemente sea la regla, más que la excepción.
Al final, a modo de conclusión, Rosell reafirma una idea que va pareja con sus reflexiones iniciales sobre cómo se llega a experimentar el texto bíblico como auténtica revelación de Dios:La comunidad cristiana no es, en primera instancia, algo sobre lo que formular teorías, sino algo a experimentar. Es sólo desde la subjetividad de la experiencia de la vida en comunidad cristiana, que será posible entender su esencia y valor.
Antonio González, de nuestro Departamento de Dogmática e Historia de la Iglesia, habló sobre «Iglesia y Reino de Dios».
El título de esta conferencia describe con bastante exactitud la temática y el enfoque que le son propios.El/la lector/a ha de estar sobre aviso, entonces, de que aunque al final, en las últimas páginas, González irá a parar a un análisis de la realidad y le pertinencia hoy día de la comunidad cristiana —y sus oportunidades y peligros— esas conclusiones sólo son posibles como tales: como punto de llegada tras una vista panorámica del concepto de Reino (o Reinado) de Dios a través de toda la Biblia y los dos mil años de historia de la Iglesia.Porque muchas veces lo importante no es especialmente —o no exclusivamente— lo que se pueda decir sobre determinado tema entre manos (en este caso, el concepto de comunidad cristiana), sino saber cómo se llega ahí, es decir, en qué se basan esas afirmaciones.
Según González, el testimonio bíblico afirma que Dios es soberano, para llegar a conclusiones prácticas contrarias a las que habitualmente se suelen deducir de ese hecho.La afirmación de que la deidad reina ya no funciona a efectos de legitimar automáticamente la política de los gobernantes humanos —concebidos éstos como vicarios de la deidad en esta tierra.Al contrario, los relatos bíblicos afirman que Dios es Rey precisamente para fomentar una actitud crítica de las políticas humanas de dominación.En el desarrollo posterior de la historia del cristianismo, sin embargo, se hallan diversas maneras de decir que sí a Jesús y a la Biblia y a la vez negar la eficacia de la desautorización bíblica de las políticas humanas de dominación.La manera de conseguir esto es desplazar el gobierno efectivo de Dios a una Iglesia idealizada y perfecta que sólo es posible fuera de —al margen de o posterior a— la historia humana.Concebidas así las cosas, aunque no resultan baladíes los esfuerzos por traer a la vida humana en esta tierra algunas de las consideraciones morales que inspira Jesús, no parece que fuera necesario ni posible que la sociedad humana —ni siquiera la Iglesia— se ajuste aquí y ahora a las conductas que Jesús predicó.
Aquí es donde González nos invita a entender que la Iglesia y el Reino de Dios no son dos ejemplos de una misma realidad.No se trata de que la Iglesia sea más o menos equiparable al Reino de Dios (aunque imperfecta o provisional o terrenal o limitada en algún sentido):«[La Iglesia] no es un reinado más pequeño, particular, presente e imperfecto. Ni el reinado de Dios es una iglesia más grande, universal, futura y perfecta. El reinado de Dios y la iglesia no son dos instancias de una misma realidad, sino realidades esencialmente distintas. Mientras que el reinado de Dios designa el acto de reinar por parte de Dios, la iglesia pertenece al ámbito de aquello que surge en virtud del ejercicio divino de esa soberanía» (p. 19).
Es decir que «reino/reinado de Dios» sería lo que sucede siempre que Dios ejerce su autoridad y halla quienes le obedecen.Mientras que la Iglesia sería la comunidad de los que obedecen a Dios como soberano.Son realidades o aspectos distintos de la cuestión, por mucho que se necesiten mutuamente.
Con esto, González nos ha traído adonde podemos examinar algunos rasgos de esta comunidad cristiana donde se manifiesta la actividad de Dios como Rey:
En primer lugar, descubrimos que es una sociedad donde no hay lugar para dominación de unas personas sobre otras.Siguiendo las pistas de las narraciones sobre el estadio premonárquico de la historia de Israel, Jesús constituye una comunidad de iguales sin jerarquía entre ellos.
En segundo lugar, en la medida que el Nuevo Testamento declara que Jesús está en el trono y ejerce efectivamente como Rey juntamente con Dios Padre, descubrimos que este es el contexto más idóneo para explicar el origen de las afirmaciones cristológicas que equiparan a Jesús y Dios.«Afirmar la divinidad de Jesús es algo que se deriva de la percepción de que su reinar como Mesías glorificado no es un reinar vicario, en lugar de Dios, sino el reinar mismo de Dios» (p. 24).
En tercer lugar, reconocer el ejercicio efectivo de su realeza, la actividad de Dios (y de su Mesías) como soberano —y la existencia de la comunidad de los que escogen vivir como súbditos—, nos brinda la pista necesaria para desentrañar la escatología del Nuevo Testamento.
«El lenguaje apocalíptico del Nuevo Testamento no se refiere al final del espacio y del tiempo, sino a transformaciones decisivas ya en la historia, por más que en ellas se abran perspectivas universales, también hacia el final de los tiempos. Ahora podemos concretar más en qué consisten esas transformaciones decisivas. Con la muerte y la resurrección de Jesús, y con la efusión del Espíritu Santo, surge en la historia un pueblo nuevo, guiado por el Mesías con el que Dios se ha identificado. Este pueblo ya no está bajo el dominio de ninguno de los imperios bestiales que recorren la historia humana, sino bajo el reinado humano del Hijo del Hombre» (p. 24).
Se trata a la vez de una realidad presente y el anhelo de algo aún por llegar:
«El reinado de Dios, en cuanto acto de reinar realizado por Dios, es perfecto ya en el presente. Sin embargo, el pueblo sobre el que Dios reina es imperfecto, por más que haya reconocido la soberanía de Dios sobre su vida. De hecho, esa soberanía no se ejerce plenamente sobre la vida de los individuos y de las comunidades» (p. 24).
El resultado no es algo descarnado ni relegado a un futuro indeterminado, sino eminentemente práctico en la vivencia cristiana:
«Es precisamente ese reinar el que origina, ya en la historia, las primicias del porvenir, allí donde deja de haber amo y esclavo, judío y griego, varón y mujer, y la fraternidad propia de una sociedad gobernada directamente por Dios toma formas concretas en la historia. Por eso mismo, el reinado de Dios no es un mero reinado sobre los espíritus individuales. Es un reinado de comunidades guiadas por el Espíritu del Mesías» (p. 25).
Los planteamientos de González nos exigen nada menos que un debate de la cuestión de la integridad e identidad de nuestras iglesias, estas comunidades que se suponen expresión visible y presente del Reinado de Dios.En efecto, la inferencia razonable parecería ser que no todos los grupos ni todas las instituciones humanas que se autodefinen como «iglesias» gozarían de la misma integridad y legitimidad.Desde que se define «iglesia» como señal de un reinado de Dios sobre súbditos dispuestos a adoptar las políticas específicas de su soberano, descubrimos que existen, en la prédica de Jesús y en los escritos apostólicos, criterios concretos con que evaluar su legitimidad e integridad como tales «iglesias».Estos criterios quedan resumidos aquí con la referencia a Gálatas 3,28 (que es a la vez un resumen de la enseñanza generalizada en todo el Nuevo Testamento):«La Iglesia» sólo es la comunidad legítima de los que han aceptado el «Reinado de Dios» en la medida que en ella no haya ya distinción entre amo y esclavo, judío y griego, varón y mujer; es decir, donde han desaparecido las estructuras de dominación humana.
Si con Rosell nos preguntábamos sobre la integridad de un presunto evangelio cuyos efectos fuesen tan sólo individualistas y no la creación de comunidad, ahora, con González, nos preguntamos sobre la integridad de iglesias que, en cuanto comunidades humanas, en efecto no hiciesen otra cosa que volver a reiterar las estructuras de dominación de siempre.
Llegamos así a la ponencia de Raúl García Pérez, del Departamento de Ministerio y Misión del SEUT, que habló sobre «Relaciones interpersonales desde la perspectiva dialógica, “Mejorando las relaciones comunitarias”».
Los que nos propone García es esencialmente una vista panorámica de algunos de los temas más significativos de la obra de Martin Buber, filósofo existencialista y educador judío de la primera mitad del siglo pasado.
Esencialmente, García desentraña algunos de los conceptos principales del libro Yo y tú (1922).Entre los conceptos que destaca, está la idea de que es esencial para la integridad del propio yo, tratar al otro de tú y no de ello, es decir, negarse a «cosificar» al otro como objeto, que no como ente personal con su propia integridad, identidad e iniciativa equiparables a las mías.(Aplicado a Dios, por ejemplo, escribe Buber y nos lo recuerda García, se trata de hablar con Dios —diálogo— y no acerca de Dios —lo cual sólo puede ser un monólogo.)El tema de fondo es siempre la integridad de relacionarse.Es en relación que se existe como ser plenamente humano y es en relación que Dios se revela como plenamente Dios.Si no es por relacionarnos no conocemos a nadie (ni siquiera a nosotros mismos) y si no es por relacionarnos con él, tampoco conocemos a Dios.
Llegamos así al tema de la comunidad.Porque esta manera de priorizar el relacionarse por encima de las abstracciones, el ver al otro como tú en lugar de cómo ello, determinará también la manera de concebir de la comunidad.La comunidad no puede ser entonces un concepto abstracto —la comunidad como colectividad— sino que es el lugar de encuentro entre personas, cada una con su integridad personal, que se relacionan entre sí como acto y no como idea de relación.
Al final con García —y con Buber— desembocamos en un análisis de las dificultades, las barreras de comunicación, que existen para este tipo de diálogo entre un yo y un tú plenamente entregados a respetar la integridad del otro.«El terreno primordial del que surgen las barreras, es la necesidad y la preocupación que cada individuo siente por su propio ser: en otras palabras, las barreras surgen de la necesidad ontológica del hombre. Todos estamos buscando garantías y seguridades del ser, y el valor de seguir siendo. Buscamos afirmación y seguridad» (p. 29).
Es decir que García nos ha llevado a profundizar en la dirección contraria a la que nos conducía González, sin negar en absoluto la validez de aquello.La comunidad cristiana está obligada a demostrar efectos sociales, concretos y constatables, que no resultan ser meramente una reiteración de las típicas estructuras de dominación (González); pero, a la par, la comunidad cristiana tiene que ser una donde las personas bajan la guardia y se atreven a ver al prójimo no sólo como una cifra en abstracto, sino como un tú con el que es imprescindible entrar en relación (García).Lo que no nos dice García es cómo se consigue eso, aunque deja caer una pista importante: «El amor “ágape” que es la máxima expresión del amor en nuestras relaciones (1Tes 3:12), es de naturaleza espiritual y por más que nos esforcemos no lo conseguiremos por nuestros propios medios» (p. 28).
Al final, por sesudas y eruditas que resultasen estas exposiciones (algún estudiante de primer curso se confesó francamente desbordado por el nivel de las ponencias y los debates posteriores), la sensación con que uno se queda es parecida al resultado de un buen sermón: la convicción de que las palabras son útiles, tal vez necesarias; pero lo que cuenta es vivir lo que hemos oído.El «reinado de Dios», como el auténtico conocimiento del sentido de la Biblia, como el auténtico descubrimiento del tú y no meramente un ello en el prójimo, se legitima en la praxis, en la realidad vital de comunidades de personas que se arriesgan a vivir, unos con otros, todas las potencialidades que nos abre la invitación a seguir los caminos de Jesús.
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