Amar como respuesta e identidad
por Marcos Abbott
Léase 1 Juan 4,7-21
Introducción
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra. . . . Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1,1. 27).
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados. . . . Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero” (1 Juan 4,10.19).
Nuestro amor para Dios siempre es una respuesta, y es a través de esta respuesta que descubrimos y vivimos nuestra identidad esencial como criaturas hechas a su imagen. Este es el fundamento para explorar el qué y el cómo de nuestro amor para Dios. Hay que tener siempre presente que nuestro esfuerzo, nuestra ofrenda de amor, siempre es una reacción a un Otro que ha actuado primero.
Este es el mensaje coherente del Nuevo Testamento. Nuestro amor es respuesta a la manifestación suprema del amor de Dios en Cristo. Curiosamente, el Apóstol Pablo y la tradición juanina comparten esencialmente la misma reflexión sobre el carácter del evento de Cristo como un acto de amor divino. La primera epístola de Juan 4,7-21 ofrece la reflexión más completa sobre el amor para Dios. Es una síntesis de elementos que encontramos dispersados por Pablo y los cuatro evangelios, así que voy a usar este texto como base principal de la reflexión. Pero esta conferencia no será una presentación de estudio bíblico que investiga detalladamente muchos pasajes, sino más bien una reflexión sintética sobre estos pasajes enfocada en la cuestión de nuestro amor para Dios.
El amor definido
En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él (1 Juan 4,9).
Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5,8).
El Apóstol Pablo y la tradición juanina identifican el envío del Hijo de Dios y su sumisión a la cruz como la demostración suprema del amor de Dios para la humanidad y la creación. En el evento de Cristo podemos ver el amor de Dios en una manera muy concreta. Para el autor de la primera epístola de Juan, y probablemente para Pablo, este evento define lo que es el amor en su esencia. Por tanto, el amor de Dios en Cristo sirve como norma y criterio para orientar y evaluar nuestro amor para Dios y para el prójimo. A través de este evento descubrimos la definición del amor.
Cuando consideramos el evento de Cristo--que incluye el envío, la vida terrenal de Jesús junto con la crucifixión y la resurrección-- podemos afirmar que es de iniciativa divina. Dios mismo idea e impulsa la historia de la salvación, y como consumación de este plan envía a su Hijo unigénito. El amor toma iniciativa hacia el otro. El enfoque del amor es el otro y no uno mismo, es decir, el amor no es egocéntrico sino otro-céntrico.
Este enfoque en el otro es contrario a la condición pecaminosa humana. El ser humano bajo el pecado es puramente egocéntrico, hasta el punto en que reemplaza a Dios como creador y soberano; es idólatra. El amor es contrario a este impulso. Como observamos en la historia de la salvación, y concretamente en el evento de Cristo, Dios hace un compromiso con la humanidad hasta el punto en que se da a sí mismo a nosotros en Cristo. Se vive el enfoque en el otro a través del compromiso y la autoentrega.
Este compromiso llega al extremo, en el caso divino, que Dios está dispuesto a encarnarse para quitar el obstáculo principal entre él y su criatura hecha a su imagen. En Cristo Dios hace provisión para la culpa del pecado, pero más allá del perdón Dios hace una nueva creación donde el egocentrismo, o el pecado, no tienen lugar. En el evento de Cristo llegamos a comprender que el amor está dispuesto a sacrificar todo para reconciliarse con el amado, que no guarda nada en reserva para sí mismo, pero que lo da todo para el otro.
Otro elemento del amor que observamos queda implícito pero es esencial. El amor muestra un respeto total por el otro y opera dentro de la libertad. El amorprocura no forzar al otro sino ganarlo. En Cristo Dios se arriesga y se hace vulnerable. Y de hecho muchos rechazan el amor de Dios, pero Dios no les obliga a aceptar a Cristo sino que les invita. El amor le hace a uno vulnerable y respeta la libertad del otro. Procura lograr la reconciliación a través del amor paciente y el servicio en vez de la coerción. En Cristo Dios se ofrece a sí mismo, hace provisión para la reconciliación, invita al otro, pero al final de cuentas la persona tiene la libertad para aceptarlo o rechazarlo. Cuando uno respeta la libertad del otro, se hace vulnerable, se arriesga al rechazo. Y la estrategia del amor es la de ganar la confianza del otro en vez de obligarle por fuerza mayor.
El amor de Dios que se manifiesta en Cristo es la norma y el criterio para el amor; define el amor. Hemos visto que el amor esencialmente se enfoca en el otro. No es egocéntrico sino otro-céntrico. No es una reacción sino una acción positiva que toma la iniciativa hacia el otro. Uno se compromete sin reservas y está dispuesto a sacrificarlo todo para quitar cualquier obstáculo a ese amor. Sin embargo, a pesar del compromiso y la dedicación totales, el amor respeta al otro y le da la libertad para responder. El amor se completa en el libre dar y recibir entre los dos, por eso, en la ausencia de esta mutualidad libre, la estrategia del amor es el servicio y el amor constante que procura ganarle el corazón al otro. Por eso, el evangelio anuncia la provisión de gracia divina en Cristo e invita a la respuesta libre.
Primer enfoque: Dios
Nuestro amor para Dios siempre es una respuesta. El amor orienta el propósito creador de Dios cuando nos forma a su imagen, y el plan de salvación, que se culmina en Cristo, surge del amor divino. Nuestra respuesta de amor se puede analizar a través de tres enfoques: el enfoque directamente en Dios, el enfoque de nuestro carácter, y el enfoque en nuestra relación con la humanidad y la creación. Los tres enfoques de nuestra respuesta a la iniciativa divina son interdependientes e interrelacionados. Uno no está completo sin los otros dos. Podríamos decir que los tres enfoques en realidad son facetas de una sola respuesta.
El enfoque de nuestra respuesta en Dios tiene dos elementos básicos. El primer elemento es rendirle culto. La adoración a Dios es una manera de amar a Dios que reconoce la relación fundamental de creador-criatura. Todo fundamento de la relación yace aquí. Aunque el Nuevo Testamento no suele hablar directamente sobre el culto a Dios como expresión de amor, lo practica. Por ejemplo, Pablo aclama: “Porque de él, por él y para él son todas las cosas” (Rom 11,36). Amar a Dios es vivir la relación apropiada con Dios, y rendirle culto es la base de todo lo demás.
La acción de gracias es otro elemento esencial de este enfoque. Aquí precisamente reconocemos lo que Dios hace a nuestro favor. Ofrecer acciones de gracias responde al amor divino que se manifiesta en maneras innumerables. Mientras que el culto reconoce la relación creador-criatura y afirma que Dios es el Otro, es decir, el culto se enfoca en Dios como es; la acción de gracias da testimonio a la acción constante y cotidiana de Dios, que es manifestación concreta de su amor.
Segundo enfoque: La moral
El segundo enfoque de nuestra respuesta al amor divino tiene que ver con nuestro carácter. Si en el culto afirmamos quien es Dios, y en la acción de gracias reconocemos su acción a nuestro favor, la moral expresa nuestra identidad como criaturas hechas a imagen de Dios, pero en una manera particular. A través de la moral damos fe al carácter de Dios; manifestamos cómo es Dios a través de nuestro comportamiento.
El autor de la primera epístola de Juan expresa esto cuando dice:
Todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios (4,7).
Todo aquel que es nacido de Dios no práctica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (3,9).
El que es nacido de Dios tiene la imagen de Dios restaurada y, por tanto, debería reflejar el carácter de Dios. Si Dios es justo, entonces sus hijas e hijos deberían ser justos (3,7). Si Dios es amor, sus hijas e hijos deberían amar. Entonces, la moral es un comportamiento que surge de y refleja nuestra identidad en Cristo. Es una manifestación de la imagen de Dios. La moral es una manera de amar a Dios porque refleja una coherencia entre quienes somos y qué hacemos. La moral no es un mero hecho de observar determinadas reglas morales sino una vivencia arraigada en nuestra identidad. Para el creyente es una manera de manifestar el carácter de Dios en el mundo.
Este enfoque de nuestra respuesta sirve de puente para el tercer enfoque. Amamos a Dios a través de nuestra relación con la humanidad y la creación.
Tercer enfoque: La humanidad y la creación
Escuchamos al autor de la primera epístola de Juan:
Amados, si Dios así nos ha amado, también debemos amarnos unos a otros. Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros (4,11.12)
Si alguno dice: "Yo amo a Dios", pero odia a su hermano, es mentiroso, pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: "El que ama a Dios, ame también a su hermano" (4,20.21).
Amor para Dios y amor para el prójimo van en mano, como bien sabemos del gran mandamiento y de estos textos de 1 Juan. De hecho, hay una correspondencia directa entre el amor para Dios y para el prójimo. No se puede ser dualista en este respeto. Si me llevo mal con la hermana, afecta a mi relación con Dios. Pero, ¿por qué están relacionados estos dos enfoques del amor? Están vinculados porque vivimos en un triángulo de amor (Ilustración 1).

[Ilustración 1]
Dios me ama a mí y a mi prójimo. Ama a los dos igualmente. En principio, yo debería amar a Dios porque soy criatura suya y destinatario de su amor, y al prójimo le corresponde el amor para Dios sobre la misma base. Si yo odio al prójimo, estoy aborreciendo a alguien a quien Dios ama igual que a mí. No puedo reclamar para mí los beneficios del amor de Dios en Cristo, pero tratar al otro como si no se aplicasen los mismos beneficios. En otras palabras no es posible tener una relación exclusivista y excluyente con Dios en que yo recibo la plenitud de la gracia de Dios, pero que me da el derecho a negar el mismo amor al prójimo. En realidad estoy metido en un triángulo de amor en que mi amor para Dios y para el prójimo van en mano, porque Dios ama a los dos igualmente. Yo no soy quien elige sino Dios es quien elige a quien debería yo amar.
En resumen, mi amor al prójimo tiene dos fundamentos. Primero, los dos somos creados a imagen de Dios, y segundo, Dios ama a los dos igualmente. En ambos casos Dios es el protagonista y nosotros respondemos a la iniciativa divina. Mi vínculo con el prójimo procede de Dios, y por eso no es de elección mía. Mi relación con el prójimo es a la vez un aspecto intrínseco de mi relación con Dios. Estamos metidos en un triángulo de amor.
Ahora bien, ¿puedo hacer una distinción entre el prójimo creyente y el no creyente?Es decir, ¿puedo amar al prójimo no creyente menos que al prójimo creyente? La primera epístola de Juan y Pablo aparentemente apoyarían esta postura. Cuando 1 Juan dice, “Amémonos unos a otros”, está refiriendose a creyentes. Y Pablo dice en Gálatas 6,10: “Según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y especialmente a los de la familia de la fe”.
¿Anula esta distinción el triángulo de amor? ¿O crea dos triángulos distintos? Yo creo que no. Dios ama al creyente y al no creyente igualmente. La escritura está clara: Dios no hace acepción de personas. La diferencia es que los creyentes reconocen y aceptan el amor de Dios en Cristo. El amor que se debería vivir dentro de la comunidad de fe sirve como testimonio visible del amor de Dios para todos. Es un tipo de anuncio del evangelio que proclama e invita a la respuesta adecuada. No es un club excluyente de los santos, sino una comunidad abierta que invita por su vivencia real del amor de Dios. Para usar otra metáfora, la comunidad de fe es un oasis de agua de vida en el desierto de la miseria y la desintegración humanas.
Nuestra relación con la creación es otro aspecto de nuestro amor para Dios. El Nuevo Testamento enfatiza constantemente el amor al prójimo y no suele hablar directamente de nuestro amor hacia la creación. Sin embargo, creo que es implícito y tiene la misma base. Dios ama la creación, y nosotros somos parte de la creación. Como criaturas hechas a su imagen, Dios nos ha encomendado un papel especial dentro de la creación. Así que nuestra relación a la creación es una expresión de nuestra relación con Dios.
En Romanos 8,20 Pablo sostiene que la creación ha sufrido los efectos del pecado humano: “Fue sujetada a la vanidad”. Pero también la creación anhela su liberación y restauración cuando se revelen los hijos e hijas de Dios (8,21). La visión apocalíptica incluye el rescate de la creación de los efectos del pecado. Una relación responsable, ecológica y sana con la creación es señal de esta redención y una expresión de nuestro amor para Dios. Aunque el Nuevo Testamento se enfoca en el amor al prójimo, nuestra relación con la creación es otra manera de vivir nuestro amor para Dios.
Conclusión
Dios me crea, me ama y me redime. ¿Cómo puedo responder adecuadamente? El gran mandamiento da la respuesta: ama a Dios y al prójimo.La primera epístola de Juan lo expresa en otras palabras:
Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16).
Nuestro amor para Dios es esencialmente una respuesta; por tanto, la clave para discernir la réplica adecuada es recordar quién es y cómo es Dios, y qué ha hecho a nuestro favor. El culto y la acción de gracias se fundamentan en estas realidades y, por eso, sirven como uno de los enfoques de nuestro amor.
El carácter y la acción de Dios son el fundamento de nuestra respuesta de amor, pero también está íntimamente involucrada nuestra propia identidad. Cuando amamos a Dios estamos afirmando que somos criaturas hechas a su imagen, y toda exigencia fluye de esta relación. La moral es donde procuramos vivir esta coherencia entre Dios creador y criatura hecha a su imagen. Sirve como un espejo en el cual los demás pueden ver reflejado el carácter de Dios.
Donde mejor vivimos diariamente en carne y hueso nuestro amor para Dios está en nuestra relación con el prójimo y con la creación. Precisamente aquí los tres lados se unen para formar un triángulo que, podemos decir, refleja la Trinidad misma. En el triángulo de amor, el amor de Dios para mí, y mi amor para Dios quedan reflejados en mi amor al prójimo y a la creación.Precisamente en esta relación con el prójimo afirmo que los dos somos criaturas hechas a imagen de Dios y destinatarios de la gracia. Mi postura hacia el prójimo debería reflejar la postura de Dios hacia mí. Sin embargo,como la relación es una de libertad y respeto, el prójimo puede rechazar mi amor, pero su rechazo no anula el amor.
Quizás un diagrama puede resumir mejor la espiritualidad de nuestro amor para Dios (Ilustración 2).
Espiritualidad del amor

[Ilustración 2]
El amor para Dios es nuestra espiritualidad, y la vivencia de esta espiritualidad incluye los tres enfoques en mutua relación. A través del culto y la acción de gracias reconocemos a Dios como es y damos gracias por lo que hace a nuestro favor. La moral procura reflejar el carácter de Dios en criaturas hechas a su imagen. No es base de la jactancia o de un sentido de superioridad sino que sirve como testimonio de cómo es Dios. Y el amor al prójimo y a la creación reconoce que somos parte de la creación, y destinatarios del amor de Dios igualmente.
Pero recordamos que estos tres enfoques se orientan por la definición cristológica del amor. El amor de Dios en Cristo sirve como norma y criterio del amor mismo, es decir, la cruz deja su huella en todo amor genuino. El amor es cruciforme.El Apóstol Pablo lo captura bien cuando dice:
El amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. (2 Corintios 5,14.15 Reina Valera Actualizada)
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándoles en cuenta sus transgresiones y encomendándonos a nosotros la palabra de la reconciliación. (5,19 RVA)
Hermanas y hermanos, amémonos unos a otros.
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