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Boletín ENCUENTRO Nº 3 (.htm)
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Conclusiones y reflexiones generales

Al final de la Jornada, Pedro Zamora nos guió en un breve tiempo de recogida de conclusiones y reflexiones sobre el tema tratado.Él mismo sintetizó de la siguiente manera lo que le quedaba en limpio del día, que calificó como «destellos» con enfoques muy diversos:

  • De la conferencia sobre Reglas de amor, la idea de que no podemos vivir sin reglas.

  • De la conferencia sobre el martirio, la exclamación: «¡Qué serio es el amor a Dios!»

  • De la conferencia sobre los místicos del XVI, la observación de que estas expresiones suenan tan extrañas como las voces de los mártires; un amor que se sitúa en el «más allá» pero que penetra en el «más acá».

  • De la yuxtaposición del amor de los mártires y el de los místicos, la necesidad que tenemos, de tales referentes excepcionales, que ayuden a orientar nuestras propias expresiones de amor a Dios.

  • Del amor a Dios como seña de identidad, la reflexión de que Dios ama a mi prójimo con el mismo amor que me ama a mí.

Dionisio Byler opinó que en todas las conferencias y en la hora de culto como «Expresiones de nuestro amor a Dios» se observaba la idea de que la relación de amor entre Dios y nosotros es siempre por iniciativa de Dios —por mucho que exija nuestra respuesta de amor.Y que en todas las conferencias (aunque no se mencionara expresamente en la hora de culto) sobresalía la idea de que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables.«Parece ser que hemos interiorizado bien la respuesta de Jesús a la pregunta sobre el más grande de los mandamientos: él no quiso hablar del amor a Dios sin a la vez hablar del amor al prójimo; y aquí hemos escuchado lo mismo».

Otras reflexiones que se oyeron:

  • La ley y la gracia van de la mano; la fe y las obras son inseparables.

  • El amor debe ser desinteresado, sin pensar en los beneficios que Dios nos pueda dar.

  • El mundo es complejo, la vida es compleja (tanto así que incluso el amor requiere reglas).

  • Hoy día la gente está dispuesta a pagar un precio, a «sacrificarse» por diferentes causas.El lenguaje del sacrificio personal por amor a Dios, incluso el martirio, no debería sonarnos a cosa extraña, inconcebible en nuestra generación.

Posteriormente, escribía así en un correo electrónico Juan Sánchez Núñez:

«Como bien decía Raúl García citando a Rhaner, el más grande teólogo católico del siglo XX: “El cristiano del siglo XXI será místico o no será”. Es cierto. Estamos en una sociedad donde la vida cristiana no podrá consistir en un rito, un mito y un ethos, sin una base experiencial de encuentro con Dios. Rahner sabía muy bien que entre los católicos (y creo que se produce también en todas las confesiones...), es fácil pensar la vida religiosa como un conjunto de prácticas rituales, (el culto y la acción de gracias del que hablaba Marcos Abbott), la aceptación racional de una serie de doctrinas (dogmas - mito) y la observancia de unas reglas (¿las reglas del amor? —Jonathan Rowe) en un determinado comportamiento ético. Pues bien, si todo eso no es una respuesta (Abbott) a la experiencia íntima del encuentro con Dios, no tendrá una base sólida y el cristiano terminará por abandonar ese rito, ese mito y ese ethos... abandonando así el cristianismo. De ahí la importancia de volver a las grandes experiencias de amor (gracias, García) en nuestra relación con Dios. Como dice mi admirado Pikaza, extendiendo a todo hombre la frase de Rhaner: “El hombre del futuro será «místico» o no será; aprenderá a descubrir la realidad como encuentro de amor o se destruirá a sí mismo”.

«Creo que desde aquí es más fácil pensar en el martirio (Sergio Rosell) como expresión de los límites extremos a los que nos puede conducir el amor, ¡nunca como una exaltación de la muerte! Creo que desde aquí se puede vivir la vida —y en esto creo que consiste lo específico de la ética cristiana— como una respuesta de amor, una ética que brota del amor y que por lo tanto no puede encarnarse más que en una práctica de la justicia... (Amory justicia —excelente librito de Paul Ricoeur). De ahí que sea cierta la frase de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. ¡Lo único que quiere el amor es la justicia! Esta es la gran tensión que “sufre” la ética cristiana, que busca ampliar los límites de la justicia (lógica de la equivalencia —Ricoeur) en la dirección del amor (lógica de la sobreabundancia —Ricoeur). Y aquí, permítame Rowe un pequeño “disenso fraternal”: No veo que la moral surja del orden creacional en general, es decir teniendo en mente la naturaleza. La veo más bien surgiendo del esfuerzo histórico humano por vivir la vida, eso sí, como un ser creado a imagen y semejanza de su Creador (este podría ser el punto de contacto con la creación), un ser de una dignidad tal que puede elevarse hasta «el cielo» o degradarse hasta «el infierno». Creo que conviene recordar que en la teología veterotestamenteria La Ley se coloca, no como una extensión de la creación, sino de la alianza de Yahvé con su pueblo, un pueblo liberado de la esclavitud que tiene por delante el proyecto histórico de ser un pueblo de hombres y mujeres libres (Ex. 19 y ss.).»

…Y el diálogo continúa y continuará mientras haya seres humanos en relación con Dios.Quizá, como era de esperar con un tema de tamaña magnitud, en un único día que le hemos dedicado no hayamos hecho más que navegar la superficie.Sin duda fue un acierto interrumpir nuestras reflexiones sesudas con una hora de canto, salmos, poesías y adoración como pequeña comunidad de creyentes, reunidos en ese día para esta ocasión.

El amor a Dios, como todos los amores, es algo de lo que da gusto hablar —porque en silencio es casi insufrible.Pero más que hablarlo hay que vivirlo, y en eso creo que todos hemos coincidido.

 

 
 
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