|
|
José Saramago El evangelio según Jesucristo
Santillana, 1998. 478 páginas
Nº 3, Vol. 2, Año 2001 — RECENSIÓN por Sergio Rosell
Cometí el error de querer regalar este libro a un familiar el día de su cumpleaños pensando que una novela como ésta sería apreciada ya que había sido escrita por un premio Nobel de literatura. Lo mejor que he podido hacer es leer la novela yo mismo y llevar a cabo esta recensión, no para ahorrar su posible lectura a los demás, sino como intento de guía de lectura para aquellos intrépidos que quieran adentrarse en la densa maraña de personajes y conciencias que Saramago presenta.
Se trata sin duda de una obra que refleja la posición personal del autor en cuestiones religiosas, en especial lo relacionado con el cristianismo. Para Saramago el cristianismo se define como una religión cruenta, ávida de sangre, en la que el supuesto Dios judío (y más tarde cristiano) se ha de valer de los seres humanos para llevar a cabo sus designios expansionistas. La novela es crítica y dura, dolorosamente dura.
El personaje central es Jesús, niño hecho hombre en la Palestina ocupada por los romanos. Jesús aparece como un ser humano normal y corriente aunque llamado a ser algo más ya desde su infancia. La presencia de un ángel o demonio así lo atestigua a lo largo de la obra. Jesús desprecia la actitud cobarde de su padre que le salva de la matanza de Herodes, pero no así de la carga de la culpa que tanto padre como hijo han de llevar durante el resto de sus vidas. Saramago se recrea en lo que hoy denominaríamos «autoconciencia de Jesús», es decir lo que Jesús conoce o cree conocer acerca de sí mismo. Lejos de la domesticada forma que tenemos de leer los evangelios, el premio Nobel presenta a un Jesús luchando consigo mismo y con Dios para entender cuál ha de ser su papel en la historia que le toca vivir, una lucha que tiene perdida de antemano ya que el mismo Dios está por él y contra él. Así, Jesús juega un papel subordinado a los intereses de Dios, que le necesita como mártir en última instancia para poder propagar su influencia más allá de las fronteras de Palestina: el Dios judío quiere convertirse en Dios de muchos otros. Saramago hace así una lectura hacia atrás en la que anticipa las terribles consecuencias que el cristianismo ha supuesto, en su opinión, para el resto de la humanidad y de la historia tal y como la conocemos. Para ello no escatima espacio enumerando cientos de mártires a causa de su creencia religiosa. Lo trágico de la novela es que el autor muestra que, a pesar de conocer los vericuetos de los evangelios, y de que no es un neófito en el tema, se ha negado a reconocer en la encarnación de Dios en Jesús la señal por antonomasia del amor gratuito. Su postura dura contraria a la fe le lleva a desvirtuar por completo el propósito de la encarnación, que pasa ahora a ser un favor que Dios se hace a sí mismo.
Se trata sin duda de una novela profunda y difícil de leer, tanto por el contenido de las ideas que maneja como por su estilo en el que los diálogos se hacen de corrido y fuerzan al lector a esforzarse por reconocer qué personaje es el que habla en cada momento. Sin embargo, desde un punto de vista de fe, el libro es de nuevo confirmación de que «la palabra de la cruz es locura» y que ésta sólo puede aprehenderse desde una postura de fe que viene de Dios por revelación profunda.
|
|