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Antonio González
Reinado de Dios e imperio:
Ensayo de teología social Santander: Sal Terrae, 2003
Nº 12, Vol. 2, Año 2003 — RECENSIÓN por Pedro Zamora
Antonio González es conocido por algunos títulos importantes en el quehacer teológico de habla hispana. Concretamente, ha trabajado mucho la teología fundamental en títulos como Estructuras de la praxis y Teología de la praxis evangélica. Ha sido profesor de teología y de filosofía en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) hasta el pasado curso 2002-03, y recientemente se ha hecho miembro de una iglesia anabautista de Madrid.
El libro que propongo a los lectores es muy sugerente: pretende abordar el tema fundamental del Reino de Dios no desde un enfoque exclusivamente teológico, sino teniendo en cuenta las ciencias sociales, con cierto interés particular por la economía. De hecho, es muy sugerente la comparación que hace del concepto de Reinado de Dios con la idea de imperio, cuya materialización actual parece ser la globalización que unos pocos están imponiendo sobre la mayoría. Como es obvio, esta imposición no tiene nada de verdadera globalización. Es más, Antonio muestra con meridiana claridad que la economía occidental, basada en un sistema político democrático, está regida por el autoritarismo de los intereses económico-financieros y sus representantes. También apunta al solapamiento de la actual globalización con el antiguo concepto de Cristiandad, que es duramente fustigado en esta obra, casi siempre con razón, incluso cuando critica algunos postulados de las iglesias históricas que parecen asumir la secularización de Occidente pero que, en el fondo, parten de un principio de Cristiandad. En otras palabras, uno percibe en esta obra la sutileza con la que se puede estar manteniendo un vocabulario de fe y a la vez estar actuando conforme a los parámetros más economicistas e imperialistas de las fuerzas opuestas al Reinado de Dios.
El interés del autor por una lectura “terrenal” de la teología se pone de manifiesto de inmediato, ya que en los dos primeros capítulos se concentra en describir el funcionamiento de la economía global actual. A mi juicio, a partir del capítulo siguiente se produce una brecha porque se entra de lleno en una lectura bíblica sobre los principios del Reino de Dios, y cuesta tratar de relacionar todos los capítulos subsiguientes con los dos anteriores. Con todo, el interés de Antonio estriba en poner de manifiesto hasta qué punto la narración bíblica se sitúa frontalmente contra todo concepto imperialista, sea de la índole que sea. Es más, la narración bíblica ofrece un camino alternativo, esto es, un modelo de sociedad alternativa que materialice los valores imposibles de vivir en el marco del imperio, esto es, los valores del Reino de Dios.
Antonio, de este modo, entra de lleno en un debate que nunca ha perdido vigencia, aunque sí su pasada virulencia, a saber: el debate entre la reforma magisterial y la radical. Para abreviar, diré que este debate gira en torno a las siguientes preguntas: ¿la radicalidad del Evangelio puede ser vivida aquí y ahora o no? ¿Puede ser vivida en medio de la sociedad, o sólo en una nueva sociedad?Creo que Antonio se sitúa clara y coherentemente en el lado radical afirmando la sociedad alternativa como vía para el Reino de Dios.
Es un debate sin solución posible, y yo personalmente creo que la única vía es la de la convivencia profundamente fraternal de ambas respuestas. Por ello, quisiera destacar lo que me parece un mérito de esta obra: la lectura de la Historia de la Salvacióndesde la óptica de los modernos estudios sociológicos y antropológicos aplicados a la Biblia.En efecto, si bien comentaba más arriba la posible brecha entre los capítulos 1-2 y el resto, debo decir también que el profundo empleo de la exégesis de orientación antropológica y sociológica aplicada a la historia de la salvación, lleva al autor a presentar de manera muy actual, esto es, muy pertinente y relevante para el lector occidental de hoy, unas narraciones –las bíblicas principalmente– que para muchos no son ya más que viejas historias que no dicen nada. Además, buena parte de la frescura de su interpretación proviene de la formación filosófica del autor, que le hace estar muy pendiente del pensamiento moderno.
Así pues, cualquiera que sea el punto de partida del lector, creo que cuando menos descubrirá que la Biblia no bromea con el concepto de Reino de Dios ni lo remite a una utopía referencial cuya función no pasa de ser la de guía u orientación para el creyente. Todo lo contrario, el Reino de Dios es lo que le ha llevado a su encarnación en la historia humana hasta las últimas consecuencias. |
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