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  Michael S. Gazzaniga
El cerebro ético
(Colección Transiciones), Editorial Paidós, 2006

Nº 28, Vol. 2, Año 2007 — R ESENCIÓN por Raúl García Pérez,
médico psiquiatra, profesor de Consejería.

El libro El cerebro ético, escrito por un investigador en neurociencias, Michael Gazzaniga, trata de iluminar desde una perspectiva del actual estado del conocimiento del funcionamiento cerebral algunos problemas controvertidos de la ética. Gazzaniga nos pone al corriente de los numerosos hallazgos neurocientíficos de estos últimos años y las cuestiones éticas que plantean al individuo y  a la sociedad.

El libro comienza con un capítulo dedicado a la “neuroética de la duración de la vida” e incluye los dos extremos de la vida, el desarrollo fetal y el envejecimiento.

Respecto del primero, la pregunta ética es ¿Cuándo se debe considerar que un embrión o un feto es una persona? Desde su perspectiva, la vida comienza en la concepción…pero para él, embrión no tiene el mismo estatus moral que un ser humano porque su cerebro no está suficientemente desarrollado.

Respecto del envejecimiento, Gazzaniga se pregunta si ¿debemos aspirar a ser más longevos? Y si es así ¿con qué cerebro llegaremos a esa edad? el problema ético se plantea con las demencias y los estados comatosos ya que no disponemos de instrumentos médicos y psicológicos para definir con precisión los límites de la conciencia y por lo tanto no podemos determinar cuando poner fin al soporte artificial de la vida, cuando se debe respetar el testamento vital, y cuando, y esto es mucho más controvertido, es aceptable recurrir a la eutanasia.

La segunda sección del libro tiene que ver con “el perfeccionamiento del cerebro” desde un punto de vista genético, el entrenamiento cerebral y la potenciación farmacológica y con los problemas éticos que plantea el deseo de tener un cerebro más inteligente. El se pregunta y nos pregunta: ¿Debemos coartar nuestra libertad de perfeccionar nuestro cerebro por medio de la genética, la farmacología o el ejercicio mental? Y la respuesta que se da, es que lo mismo que nos ejercitamos para mejorar nuestras capacidades musculares, y administramos fármacos estimulantes a los estudiantes que tienen problemas de atención y concentración para que vayan mejor en sus estudios, sería ético, si se descubriesen fármacos, y se va avanzando en este asunto, que potenciasen la memoria y la inteligencia. El problema sería que al mismo tiempo que estimulasen la memoria para datos útiles, también nos harían presentes recuerdos no tan agradables de nuestro pasado, no en vano, el olvido es protector de nuestra salud mental.

Los siguientes temas que analiza en este libro desde una perspectiva neuroética son: el libre albedrío y  la responsabilidad de los actos, el autor llega a la conclusión que aunque el cerebro pueda estar condicionado físicamente, esto no invalida la libertad de decisión, y por lo tanto la responsabilidad, ya que esta tienen que ver con la interacción de unos con otros basándose en unas reglas de comportamiento dentro de una estructura social. La neurociencia puede describir con mayor o menor exactitud como funciona el cerebro pero no puede pronunciarse acerca de la responsabilidad moral de la persona.

El autor se manifiesta en contra de cualquier tipo de violación de la privacidad utilizando técnicas de evaluación informatizada del conocimiento (CKA) como la onda P300, obtenida por electroencefalograma.

También nos alerta el autor acerca de la fragilidad y poca fiabilidad de nuestra memoria, lo cual tendría implicaciones, por ejemplo, a la hora de testificar en un juicio.

Las últimas secciones del libro tienen que ver con el funcionamiento cerebral de las creencias y experiencias religiosas y con la base neurológica de nuestras creencias éticas y morales.

Gazzaniga considera en base a pacientes que han presentado síntomas alucinatorios y delirios místicos en el curso de un cuadro de epilepsia del lóbulo temporal del cerebro, que los sentimientos y creencias religiosos radican en esta parte del cerebro sobrexcitada y pone ejemplos de místicos y personajes famosos que padecían esta enfermedad y tenían alucinaciones y experiencias somáticas ajenas al resto de las personas.

Por último el autor, que es miembro de un comité que asesora al gobierno norteamericano respecto de temas de bioética y que está compuesto por científicos y procedentes de otros campos, todos ellos de diferentes creencias filosóficas y religiosas, analiza el origen de las posturas religiosas y éticas. Dice que los seres humanos somos máquinas de formación de creencias. Nuestro cerebro necesita dar sentido a lo que nos rodea y se aferra a creencias y posturas éticas que surgieron a lo largo de cientos de miles de años que pueden quedarse obsoletas a la luz de los recientes conocimientos científicos.

Por todo lo cual propugna un camino hacia una ética universal puesto que todas las personas tienen un sentido moral innato y en todas las culturas se cree que el asesinato y el incesto están mal, que hay que cuidar y no abandonar a los niños, que no debemos decir mentiras ni incumplir promesas, y que debemos ser fieles a la familia.

Gazzanigas piensa, y aporta datos de que existe en el cerebro una constatación física del razonamiento moral, ya que ciertas zonas del cerebro emocional se activan en los juicios de tipo moral, y no se activan cuando la persona decide no actuar.

La base de la moralidad según Gazzanigas no estaría en reglas que aprendemos y cumplimos, ni en verdades absolutas, sino en nuestra estructura cerebral que posee la capacidad de predecir las conductas de los demás y actuar en consecuencia, y esto se realiza debido a las recientemente descubiertas neuronas espejo.

El autor termina su libro con la siguiente frase: “estoy convencido de que debemos comprometernos con la idea de que es posible una ética universal, y de que conviene poner todo el empeño para comprenderla y definirla. Es una idea asombrosa, aparentemente absurda. Pero no hay otra opción. Ahora comprendemos cuán tendenciosas son nuestras creencias sobre el mundo y la naturaleza de la experiencia humana, cuanto hemos llegado a depender de las historias del pasado. En cierto modo todos lo sabemos. Al mismo tiempo nuestra especie necesita creer en algo, en algún orden natural, y uno de los cometidos de la ciencia moderna es contribuir a la descripción de ese orden.

Valoración personal

Desde un punto de vista de dialogo entre la teología y la neurobiología me ha parecido interesante este libro que describe los avances más recientes en neurociencias, pues como preconiza Hugo Assmann: “la Teología no puede hacer caso omiso de los avances de cualquier ciencia so pena de quedar incomunicada, por lo tanto, debemos debemos propiciar un dialogo exigente con las ciencias biológicas, los estudios cerebro/mente y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación”

Desde un punto de visto ético y teológico el dialogo con la neurociencia es más controvertido, y habría que ir punto por punto de todos las cuestiones éticas que plantea el autor, a saber: el estatus del embrión, la eutanasia como decisión ética, la moralidad de crear superhombres, el determinismo biológico y la libertad del ser humano, el origen de las experiencias religiosas y el papel de las creencias y las narraciones en el desarrollo de la cultura, y de la comprensión de la vida y su grado de adecuación a la realidad, es decir, su verdad. Todo eso nos llevaría mucho más espacio, sin embargo, las preguntas que suscita son estimulantes para el teólogo y el eticista.

Sólo apuntar que como Freedman señala, refiriéndose a la psiquiatría, pero también se puede incluir a la neurología y a otras ciencias biológicas, estas se encuentran atrapadas en el conflicto entre el reducionismo biológico y la búsqueda del significado y propósito del individuo. Una cosa es describir funcionamientos cerebrales y conductas relacionadas con estos, y otra es comprender su sentido y propósito, y esto no se consigue si no tenemos unos absolutos referenciales, para nosotros los cristianos, estos se encuentran en la Revelación de Dios, en su Palabra.

Necesitamos, como señala Kleinman, ir más allá del cientificismo pasando por las categorías culturales, (teológicas y éticas, diríamos nosotros), a la experiencia personal, de la patología, a enfrentar los problemas, de la clasificación de los trastornos mentales al sufrimiento existencial, de un modelo médico de la enfermedad, a la experiencia personal, de la tecnología a la empatía, de la ciencia a la intuición.

En definitiva como dice Adolf Meyer, poner a la persona en el centro de la ciencia.

 

 
 
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