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Nº 6, Vol. 2, Año 2002
El día del silencio
por Joan A. Medrano

[Presentación: El autor que firma el artículo de este número es un estudiante nuestro muy peculiar: no está matriculado en esta institución. Actualmente realiza sus estudios en la facultad de teología de la Univ. Pontificia de Comillas y anteriormente estuvo tres años en la facultad de teología de la Univ. Ramón Llull de Barcelona. Pero estudia en tales instituciones por propia recomendación de SEUT y bajo su supervisión.]


Introducción

Empezaremos haciendo referencia a los dos valores fundamentales de nuestra sociedad: economía y tecnología. Muy brevemente veremos los rasgos fundamentales que de ello se desprende y nos preguntaremos dónde quedan los valores morales en un tipo de sociedad basada en estos fundamentos.

De este breve análisis, afirmaremos la experiencia de lo efímero que invade a los individuos y su creciente novolatría. Aquí la pregunta por el fundamento último será necesaria: ¿dónde está Dios? ¿Qué concepción hay de él? Estos elementos son los que intentaremos analizar en un primer momento.

Después, partiendo de la irrelevancia de Dios en la experiencia de nuestro tiempo y también en la experiencia del cristiano, pondremos a Cristo y su Iglesia frente a la experiencia de lo efímero y la novolatría, y lo haremos a partir de la imagen clave de nuestro tema: la experiencia del silencio. Una experiencia concretada en el sábado judío, vivido como el día más largo de la historia, y trastocado por el domingo cristiano.

1. Economía

1.1. Nuestra sociedad es, fundamentalmente, economicísta. La economía es un valor evidente. La capacidad económica de una sociedad es la garantía de bienestar, de calidad de vida (al menos en Occidente). Esto se entiende, sobre todo políticamente, como un cálculo de lo que más “apreciamos”. Se pone en contraste lo “más apreciado” con lo “menos apreciado”, de aquí que a más aprecio, mayor precio. Una sociedad de bienestar entendida en claves economicistas se traduce en “poder de adquisición” de los bienes apreciados, es decir, en una sociedad de consumo.

1.2. Esto nos sitúa frente a otro fundamento de nuestra sociedad: el valor tecnológico. ¿Por qué? Porque la capacidad de producir bienes se da por medio de la tecnología. Llegar a construir una sociedad de bienestar basada en la calidad de vida, depende totalmente (si recordamos la economía) de nuestra capacidad de producir estos bienes apreciados. Depende de nuestra capacidad de transformar los medios y los materiales naturales para transformarlos a nuestro beneficio según la concepción de “calidad de vida”.

De ahí que hoy día incluso la ciencia esté sometida a la tecnología. Es el saber al servicio de la producción. Eso sí, una producción siempre destinada a aumentar el bienestar social que a la vez esta sometido a la capacidad de adquisición de estos bienes producidos. Tomemos algún ejemplo: en una fabrica u otro trabajo, la producción es lo más importante, y lo más valorado será la eficacia. Y para favorecer la eficacia se producirán, si es necesario, alimentos precocinados. Menos calidad, pero más eficaz.

Todo este complejo sistema social de bienestar nos lleva a vivir a velocidad terminal . Es la eficacia degenerada, el ansia, el stress, etc.

1.3. Ahora debemos hacernos una pregunta muy seria: ¿dónde, o cómo, quedan los valores morales en éste tipo de sociedad?

En primer lugar, los valores morales quedan subordinados al concepto de “calidad de vida”. Pero lo que es más importante es que al quedar subordinados a la economía y a la técnica, quedan también, de alguna manera subordinados al ritmo de vida que nos impone la economía y a la imagen de bienestar que tenemos inculcada. Dicho de otra manera, los valores morales están subordinados a las circunstancias, con lo cual se impone el relativismo. Veamos algún ejemplo: La mujer ahora está casi obligada a trabajar (economía y calidad de vida), ahora bien, mis circunstancias me permiten tener un hijo; ¿tengo el suficiente dinero para mantener mi calidad de vida si tengo un hijo? ¿Decir la verdad puede tener repercusiones en mi vida cotidiana? Etc.

El valor dependerá de mí y de mis circunstancias. El valor moral será si lo es para mí. Soy yo quien juzga como verdadero o falso un valor moral, y como mucho dependerá de mi coherencia con mis valores lo que verificará este valor. La verdad ya no es un valor, sino que yo le doy valor a mi verdad. La libertad la entenderá cada cual según como él se sienta libre. El amor será juzgado según como a mí me guste amar y ser amado. Fijémonos en que estos criterios se deben aplicar a cada individuo, y como mucho el sentido de lo que es justo será “un pacto de no-agresión”. Mientras no haga daño a nadie, ni le quite nada a nadie, todo cabe.

2. Individuo

2. Esto nos ha llevado a unasituación que muchos califican de “experiencia de vacío”. Yo le llamaré “vivencia de lo efímero”; Eclesiastés lo llamó “vanidad”(1). Este autor bíblico ya nos adelantó lo que hoy se vive como “centralidad del individuo”. Cuando los valores y las valoraciones se reducen al sujeto nos llevan a una experiencia de lo pasajero, de lo efímero. Nada permanece, nada es sólido. La vida es una suma que siempre da como resultado cero. Es normal, nuestra misma existencia es algo finito, limitado, pasajero. Desde nosotros mismos sólo podemos construir en la nada.

Bajo este criterio es fácil entender el paso a la novolatría, es decir, El culto a lo nuevo. Una vez eliminado todo fundamento que este más allá de nosotros mismos, o que puedan poner en cuestión los criterios económicos y de bienestar, sólo queda la fe ciega en todo lo nuevo, que es visto como “signo de progreso”, de bienestar, de emancipación. El culto a la moda, ya sea en el vestir, ya sea en la forma física, ya sea en los adelantos tecnocientificos. Tenemos una especie de obsesión por lo nuevo: ordenador, automóvil, emociones, etc.

3. Dios

3. Si hemos afirmado que se han liquidado los valores en sí mismos y hemos puesto al individuo como criterio de los valores, estamos irremediablemente abocados a una pregunta mayor: ¿y Dios?.

¿Dónde ha quedado Dios? ¿Qué concepto de Dios encaja en esta sociedad?. A lo largo de nuestro siglo el concepto de Dios ha sufrido diversas mutaciones que citaremos de forma muy simplificada.

A) Dios: “ens mentale”. Esta concepción tiene su origen a finales del siglo XIX con Feuerbach(2). En la siguiente afirmación tenemos la clave: “La cuestión sobre el ser o no ser de Dios es en mi caso únicamente la cuestión sobre el ser o no ser del hombre”.Aquí vemos como el lugar central que ocupaba la Teología es tomado por la Antropología. Dios es en la mente del hombre, por tanto si no hay hombre tampoco hay Dios. Es un elemento mental, una creación del hombre.

B) Dios: obstáculo. De aquí surge la concepción que más éxito ha tenido en nuestro siglo. Dios visto como un obstáculo en el camino de libertad del hombre. La plenitud del hombre pasa forzosamente por asesinar a Dios(3). Una vez quitado el obstáculo el camino al superhombre está libre (recordemos a Hitler, o más recientemente la problemática de la biomedicina). Ahora bien, el hecho de que Dios ha muerto, es algo que a Nietsche le preocupaba, la pregunta es ¿Ahora qué?

C) Todo esto será recogido y aplicado a las estructuras sociales, y Dios será visto como un cómplice de la injusticia social(4).La idea de Dios es una creación capitalista que justifica la miseria “del aquí” con la pretendida promesa de felicidad en el “más allá”. Esto también calará con fuerza en nuestro siglo, es el “opio del pueblo”. Este concepto hará aguas con la caída del muro del muro de Berlín y la desintegración de la antigua Unión Soviética.

D) Otra concepción que tiene sus raíces en la idea de Dios como elemento mental, es la idea de Dios como Represor.Es una idea destinada a limitar el principio de placer que nos gobierna a cada uno, y que es necesaria para vivir los unos con los otros sin “comernos”(5).

E) Pero de todos estos conceptos, en parte ya superados, el que más ha enraizado en nuestros días es el del Dios irrelevante(6). Con esta idea nos situamos ya en la misma frontera de la Iglesia e incluso en el propio terreno del cristianismo. Si Nietzsche anunció la muerte de Dios y se preguntaba ¿ahora qué?, en nuestros días ante el anuncio de que Dios ha muerto, la sociedad contesta: ¡Me importa un bledo!

Ahora ya no es importante la discusión sobre la existencia o no-existencia de Dios, sencillamente porque Dios es absolutamente irrelevante en la vida, en la vida del individuo. Dios no es relevante. Puede que sea o no, pero mi vida me la tengo que construir yo, mis problemas me los tengo que solucionar yo. Es más, Dios ni siquiera es un tema lo suficientemente importante para dedicarle tiempo, ni para preguntarme acerca de él.

Decía que estamos en la misma línea fronteriza de la experiencia cristiana. Las iglesias están sometidas a una constante presión por este concepto del Dios “irrelevante”, hasta el punto de que nuestra experiencia ha quedado marcada también por lo que podríamos llamar una relación de “puro trámite”, con muy poca relevancia en la vida, una vida en la que “yo” y mis circunstancias somos el centro. Una vida a “velocidad terminal” donde nuestra experiencia cristiana queda diluida entre 100.000 experiencias más.

4. Irrelevancia

4. Debemos iniciar este segundo paso tomando conciencia de la experiencia de irrelevancia.

Tanto a nivel individual como eclesial, la irrelevancia ha ido tomando posición en el cristianismo, y la gran pregunta es: ¿Cómo combatirlo?

Mi propuesta es de carácter simbólico: DESDE LA EXPERIENCIA DE SILENCIO. Digo simbólico porque no se trata de quedarse simplemente callado, o de huir de las ciudades para vivir en comunidades en medio de la montaña.

Hay algunas cosas que no podemos pasar por alto. Primero: El cristiano tiene que distinguir entre fines relativos y fin absoluto. Nuestra sociedad nos impone un océano de fines relativos que nos ciegan y nos impide ver el fin último que perseguimos. El fin es eternidad, salvación, reino de Dios: Buscad primeramente el Reino de Dios... (Mt.6:33).

Segundo: vivir de acuerdo al fin al que hemos sido llamados requiere una experiencia de silencio al menos semanal. Si nuestra sociedad corre a ritmo vertiginoso, si nos bombardea constantemente con todo tipo de ruidos (publicidad, ideas, tecnología, consumo, etc.), entonces la experiencia silenciosa es vital.

Este silencio semanal puede ser el marco necesario provisto por el Señor para combatir las oleadas sociales que nos imponen un inmenso mar de fines relativos. En medio de este ritmo veloz en el que vivimos, el DOMINGO se convierte para el cristiano en experiencia de silencio. Y es así, porque viene a ser como la experiencia de silencio que vivieron los discípulos desde el viernes santo hasta la resurrección. Y también es así, porque viene a ser como la experiencia de Abraham durante los 3 días de silencio camino de Moriah (Gén.22)

El domingo nos acerca el fin absoluto, nos sitúa en la línea correcta; nos acerca el Reino de Dios al aquí y ahora. Lo hace porque es día de silencio, como lo fue para los discípulos y para Abraham, un silencio necesario para escuchar y recibir de Dios la orientación que nos pone en el camino de la finalidad.

Los músicos saben perfectamente que el silencio, o los silencios, son la clave de interpretación de una partitura. Para todos nosotros, los silencios son, también, la clave de interpretación entre los seres humanos. Al hablar, entre palabra y palabra, ponemos silencios para entendernos; al escribir ponemos silencios igual que en una partitura para que al leer tenga sentido ( comas, puntos, etc.). Si no, intentad leer una pagina llena de letras o frases sin ningún espacio. Es imposible.

De la misma manera el domingo es la clave de interpretación para nuestra vida porque nos acerca el fin, podemos oírlo, podemos experimentarlo con la alabanza, la oración, la comunión. Al ser el domingo el espacio de silencio necesario para que el fin se acerque a nosotros, podemos entonces darnos cuenta de que se convierte en la clave de interpretación.

No puede ser clave de interpretación los fines relativos, porque no nos permiten ir más allá de nuestras propias narices, de lo material, de lo efímero, de lo que está de moda. Si interpretamos nuestras vidas desde aquí nos equivocaremos. Casi han conseguido que olvidemos que la clave de interpretación viene de la causa final. Lo voy a ilustrar con unos ejemplos: Un político desarrolla un discurso motivado por una causa final; un escritor, escribe 1000 páginas que se le van ocurriendo en función de la causa final de la historia; una película igual ( El sexto sentido, sólo el final da la clave de interpretación); para el cristiano ¿cuál es la causa final que le permite interpretar su vida? Y no sólo interpretar, sino que las páginas que escribe en el libro de su vida habrán sido escritas en función de la causa final, y la clave de comprensión estará frente a la causa final para nosotros, y la causa final será interprete de nuestro libro. Es decir, frente a Dios nuestra causa final quedará al descubierto, ¿Qué creemos que será el juicio?

Ahora bien, si decimos que el domingo es la clave de interpretación para el cristiano porque nos sitúa en el plano de la finalidad última, tendremos que verpor qué.

El domingo esta insertado en el proceso de liberación total o santificación, que es el fin último para la vida del cristiano. En este proceso, quiero destacar algunas fases absolutamente necesarias que se tienen que dar el domingo, precisamente porque es el día de silencio.

Abraham es un ejemplo claro de una vida dirigida por el fin último y, por tanto, podríamos decir que él es el hombre más libre del mundo. Tres días y tres noches fue camino de Moriah. El camino de Moriah paso las fases de la angustia, de la ironía y de la resignación. Lo es, porque era el camino al sacrificio de Isaac. Probablemente las preguntas fueron muchas, y el silencio constante. Con Jesús podemos descubrir alguna de estas fases, además de la fase del amor; incluso con el apóstol Pedro, y además descubrir la fase del arrepentimiento.

Pero lo que afirmo, es que el domingo es el proceso en el cual se dan todas las fases siguientes:

1. ANGUSTIA. La angustia nos hace sufrir, es un estado de ánimo que se produce cuando uno se enfrenta consigo mismo. Pero es, también, una posibilidad. El domingo, si lo vivimos como una experiencia de silencio, producirá angustia. Porque la palabra de Dios nos enfrentará a nosotros mismos, nos hará vernos tal como somos; tal como caminamos. La angustia se acentúa el domingo porque nos enfrenta a lo irreversible del tiempo, no puedo volver atrás. Dicho de otra manera: ME JUEGO LA ETERNIDAD EN EL TIEMPO.

Pero la angustia es buena. Detrás de los profetas había angustia, la que supone que te la estás jugando por una finalidad. Abraham dejó todo, se la jugó por una finalidad, incluso a su hijo. Jesús se la jugó por una finalidad, incluso su propia vida. Podríamos poner más ejemplos, pero es suficiente.

También he dicho que la angustia es una posibilidad. La angustia del domingo, la de vernos afectados por el fin, es decir, vernos a nosotros mismos frente a la palabra de Dios, es la posibilidad del arrepentimiento.

2. ARREPENTIMIENTO. En todo proceso hay caídas, deslices respecto al fin último, pero Dios es quien nos acompaña en este proceso por medio del Espíritu, de la Gracia.

Pedro negó tres veces al Señor, se lanzó a por la oreja de un soldado, vivió la angustia. Pero Pedro, en medio del silencio (la detención de Jesús) se arrepintió. El domingo es, vivido como experiencia de silencio, un tiempo de angustia necesario para el arrepentimiento.

3. IRONÍA. La ironía es básica en la experiencia de silencio dominical. Claro que es una palabra muy mal empleada, pero significa tomar distancia de uno mismo, del mundo y de los fines relativos de este mundo. Ser irónico con uno mismo significa reconocer que no sabemos nada y que no somos capaces de construir bien por nosotros mismos. Es poner distancia entre los fines relativos y el fin último (que muchas veces mezclamos y confundimos). Abraham supo poner esta distancia al levantar el puñal sobre Isaac, supo distinguir entre el fin y los fines relativos. ¿Fue Abraham un loco o un héroe al alzar el puñal?

Ante el mundo seguro que un loco, pero frente al fin último un héroe. Para Dios un amigo, para los escritores bíblicos el padre de la fe. Jesús, condenándose a sí mismo: ¿héroe o loco? Sus vidas estaban marcadas por el fin último que perseguían. Pero hay que insistir en que el domingo es el día en que tomamos distancia entre los fines relativos y el fin último de nuestras vidas. El domingo debemos crear un espacio de silencio suficiente para que el fin (Reino) desplace a los fines del mundo.

4. RESIGNACIÓN. ¿Qué significa resignarse? Pues tomar conciencia de que no puedo hacerlo todo, de que no puedo tenerlo todo. Toda opción por un fin implica resignación, es decir, que por un fin renuncio a otros fines. Qué sencillo y qué difícil a la vez. Ser coherente con el fin escogido pasa por cosas tan simples como el domingo. Ya no sólo por lo que hemos dicho hasta ahora, sino por la misma asistencia, la puntualidad, el silencio, la atención. El domingo, pues, es también una experiencia de resignación, pero la resignación de quiena escogido un fin y es coherente con él.

5. AMOR. Por último, el domingo (vivido como experiencia de silencio) es el espacio y el marco para una relación de amor, tanto con nuestro Señor por medio las alabanzas, del diálogo (oración y escucha de la palabra), como por medio de darnos unos a otros en amor. Jesús es el ejemplo por su capacidad de darse, pero lo más importante es que entablamos una relación viva con el FIN. Dios es amor (1ª Jn. 4:8). El domingo es una fase en nuestra relación de amor (tanto con Dios como entre nosotros) porque es un proceso de constante retorno al Padre y de constante reconciliación con él, y entre nosotros. Lo fundamental del amor lo descubrimos en el amor de Dios, que es un proceso de retorno por medio de Cristo a la relación, y es un proceso de continua reconciliación con el hombre iniciado por él.

Para finalizar, una reflexión: Hasta qué punto ha penetrado en nosotros la xperiencia de Dios irrelevante, o hasta qué punto nuestras vidas están siendo dirigidas por fines relativos (economicistas, tecnológicos, etc.), lo descubriremos pensando en qué experiencia tenemos del domingo, del día de silencio. ¿Es un día de angustia, ironía, resignación, arrepentimiento y amor? , o ¿es un día de puro trámite, irrelevante?


1. Eclesiastés 1:2. [volver]

2. Feuerbach L., Esencia del Cristianismo, tecnos 1993. [volver]

3. Nietzsche, La Gaya Ciencia, frag. 125. [volver]

4. Marx, K. [volver]

5. Freud, S. Más Allá del Principio de Placer, Alianza, 1979. [volver]

6. Lipovetsky, G., La era del vacío, Anagrama, 1986. [volver]

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