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Nº 12, Vol. 2, Año 2003
La curación por la Palabra
por Raúl García Pérez
Médico Psiquiatra
Profesor de Psicología Pastoral del SEUT

“En primer lugar, la palabra. Después, la droga. Por último, el bisturí” (Asclepiades de Tesalia -124-96 AC)

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”
(Evangelio de Juan)

I) La invención de la psicoterapia

La curación de los males humanos por medio de la palabra cuenta con una larga tradición. Platón, que puede prácticamente ser considerado el inventor de la psicoterapia, en muchos de sus escritos hace ya referencia a ello. Para Platón la palabra (epodé), que hasta este filósofo se entendía como conjuro o ensalmo, pero que, a partir de él fue “racionalizada” y convertida en logos kalos (“bello discurso” o “mito”), era verdaderamente capaz de proporcionar de suyo salud al alma y al cuerpo, provocando una actitud imbuida de “sofrosine”, la cual se consideraba una mesurada y lúcida compostura con respecto a todo aquello que forma el alma humana: creencias, saberes, sentimientos, e impulsos. Y “sofrosine” era, además, “kosmos” y un “adecuado orden y dominio de los placeres y los apetitos”.

De manera específica, Platón afirma, en su diálogo “Cármides”, que: “Bajo la acción de la palabra que encanta”, el alma del oyente, y, consecuentemente, su cuerpo, y ello en la medida de lo posible, claro está, “se serenan, esclarecen y ordenan”, es decir, se “sofronizan”. Y todo esto de forma “natural”, por la mera virtud que tiene en sí lo que se dice, y por la disposición personal de quien oye eso que se le dice.

Esta disposición personal supone entrega, ofrecimiento y confianza en fe. De ahí que la disposición del que emita la “epodé” haya de ser de idoneidad en su logos kalos, esto es, en cuanto que su contenido y su forma se hallen rectamente encaminados a la peculiaridad y a la situación concreta del alma “paciente”.

Así, de forma resumida, la palabra oportuna, unida a la disposición del que la recibe, produce un estado de purificación (katarsis) que resulta en un equilibrio intelectual, emotivo y actitudinal.

Una idea muy semejante a esa clase de curación o, por lo menos, el bienestar creado en virtud de la palabra, la encontramos en la propia Biblia:

“Respuesta amable aplaca la ira, palabra hiriente enciende”. (Proverbios 15,1 –NBJ)

Es decir, hay un logos kalos que apacigua, y su contrario ,logos kakos, que exacerba las emociones fuertes.

“La respuesta apropiada alegra al hombre, ¡y qué buena es la palabra oportuna!”. (Proverbios 15,23 –NBJ).

Esto es, la palabra que habla específicamente a la necesidad de la persona resulta en su beneficio.

“Manzanas de oro con adornos de plata, así son las palabras dichas a su tiempo”. (Proverbios 25,11 –NBJ)

A saber, cosa de cierto hermosa e inductora de armonía (kosmos), pues eso es lo que, de hecho, vienen a ser las palabras oportunas.

“Anillo de oro y collar de oro puro, la sabia reprensión en oído atento” Proverbios 25:12 (NBJ).

Este proverbio hace hincapié en la disposición adecuada del oyente para recibir la sabia y oportuna admonición de parte del consejero.

Con respecto al estado de “sofrosine”, el Nuevo Testamento habla de “la paz” no como algo conseguido por los esfuerzos del ser humano sino como un estado donado gratuitamente por Jesús (“La paz os dejo, mi paz os doy...” -Jn 14:27), y por el mismo Dios (Col 3:15). El término referido a paz (eirene) traduce el término “shalom” de tan rico significado para el israelita.

Hoy se ha descubierto que las narraciones tienen valor en sí como métodos terapéuticos, pues modifican nuestras formas de pensar o de sentir, y eso es precisamente lo que vendría a influir y alterar el proceso dual mente-cuerpo. Tal como apunta Burns: “las historias sirven para que mejoremos, nos enriquezcamos y nos fortalezcamos”.

Y como recientemente (Pastoral IEE, Mayo 2003) nos recordaba Ekkehard Heisse, pastoralista luterano:

“No solamente el relato preparado por el predicador, sino que también la narración en sí misma tiene relevancia más allá de la homilética, alcanzando a la poiménica (cura de almas) en términos más tradicionales”.

En base a lo dicho anteriormente, procederemos, pues,a continuación una consideración acerca de la importancia que se le da a la palabra como instrumento de curación, y ellotanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

II) Los profetas, trasmisores de la Palabra de Dios

En el AT, los profetas anunciaban la Palabra de Dios como sus enviados y mensajeros, y la fórmula frecuente “vino a mi palabra de Yahvé” así lo demuestra. Esto querría decir que la Palabra en modo alguno surgía espontánea de ellos; a no ser que, claro está, transmitiesen sentimientos y pensamientos del pueblo del que eran representantes. Por supuesto, tampoco se arrogaban la capacidad de salvar o curar por sus palabras, como lo demuestra la siguiente cita: “Ved ahora que yo, yo soy, y no hay dioses conmigo; yo hago morir y yo hago vivir, yo hiero y yo sano, y no hay quien se pueda librar de mis manos”. (Deuteronomio 32:39)

Y esta es la diferencia radical en el uso de la palabra entre griegos y judíos: la Palabra de Dios y la del hombre no son intercambiables.

III) Jesús “es” Palabra de Salud

En Jesús, pues, no se puede separar la palabra de la acción, y ya en los evangelios sinópticos el poder de la palabra de Jesús se nos muestra en los relatos de curaciones en cuanto que se siguen de la palabra de Jesús (Mateo 8:16)

Lo más parecido a la “epodé”, o el “logos kalos” de Socrates y Platón, que encontramos en los escritos del Nuevo Testamento son los discursos de Jesús, más concretamente en el evangelio de Juan.

Ya Sócrates trataba de infundir ánimo a loshombres, y a sí mismo, ante el temor pueril a la muerte con narraciones míticas. Jesús, a su vez, anima a sus discípulos: “No se turbe vuestro corazón, creéis en Dios, creed también en mí”; “mi paz os dejo, mi paz os doy”, “en la casa de mi Padre hay muchas moradas, voy pues a prepararos lugar conmigo”, “si me fuera, os enviaré al “Paracleto”

Pero la gran diferencia entre Sócrates y Jesús es que Jesús ni necesita ni se sirve del mito, pues, tal como muy oportunamente señala Bultmann, “ las palabras de Jesús no comunican algo especial o concreto que él haya visto u oído junto al Padre”. Así, en momento alguno habla de temas celestes, ni tampoco comunica misterios cosmológicos o soteriológicos, tal como sí hace, en cambio, el liberador gnóstico. Sus discursos contienen únicamente un tema: que el Padre le ha enviado, que él ha venido como la luz, como el pan de vida, como testigo de la verdad, que él marchará de nuevo, y que se debe creer en Él. Está, por consiguiente, totalmente claro que las posibles expresiones mitológicas han venido a perder por completo su sentido mitológico. En lo más profundo, no se presenta a Jesús como la divinidad preexistente que ha venido a la tierra en figura de hombre para revelar misterios inauditos, sino que la terminología mitológica tiene por objeto caracterizar el sentido absoluto y decisivo de su palabra; la concepción mitológica de la preexistencia ha sido ahí puesta al servicio exclusivo de la idea de la revelación.

En los discursos llamados de despedida, que el autor del evangelio de Juan, en los capítulos 13-17, pone en boca de Jesús, y que representan la estructura teológico-óntica de la comunidad de Jesús, no se recurre a la “epodé”, entendida, claro está, como posible mito. Lo cual supone siempre un distanciamiento y una forma de mediación, ya que el mito revela al tiempo que también oculta, y ello por recurrir a un lenguaje analógico. En los capítulos aludidos, es Jesús en persona el que habla a sus discípulos, los cuales representan a la comunidad y a la Iglesia de todos los tiempos, de realidades prácticas y actuales. Desglosando este discurso en sus temas principales vemos que Jesús les habla a sus discípulos y, por ende, a todos los que nos llamamos sus discípulos, de un nuevo mandamiento práctico: el del amor manifestado en el servicio a los demás, ejemplarizado por Jesús en el lavatorio de los pies. Les habla, además, de su Gloria, que se manifestará en su muerte en la cruz, paradójica desde un punto de vista humano. Les habla del amor-comunión del que participan las Personas de la Trinidad y en el que los discípulos son introducidos por Jesús. Les precave entonces acerca del odio del mundo, ya que le odiaron primeramente a él y a su enseñanza.Y les habla también de su partida de la tierra para estar para siempre con ellos a través de su Espíritu. Y así son introducidos en el verdadero Ser y Vida de Dios, al mismo tiempo que queda implícita la ética que ha de guardar el seguidor de Cristo. Teología y ética deben imbricarse, pues, mutuamente, so pena de caer en dicotomías alienantes.

Como se ve, estos temas son de vital importancia práctica, y representan la cristología, la eclesiología y la pneumatología que la comunidad de Jesús ha practicado y vivido en el transcurso de los tiempos.

Por consiguiente, el “logos kalos” del Nuevo Testamento, esto es,la nueva“epodé”, viene a ser Jesús mismo, el cual nos infunde ánimos en los trances difíciles, da sentido a nuestra vida, nos da fuerzas ante la muerte, y nos ayuda a ser consecuentes, todo lo cual, en definitiva, significa que nos cura y nos salva íntegramente.

BIBLIOGRAFIA

Laín Entralgo, P. “La racionalización platónica del ensalmo y la psicoterapia verbal” Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica (vol X-1, 1958, pags. 133-160)

Klappert, B. Artículo “Palabra” en el Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Coenen L; Beyreuther E; Bietenhard H. Editores. SIGUEME, Salamanca 1983.

Bultmann, R. Teología del Nuevo Testamento. Pág. 480. SIGUEME, Salamanca 1980.

Burns, G.W. El empleo de metáforas en psicoterapia, 101 Historias curativas. MASSON, Barcelona 2003.

Heise, E, ¿No ardía nuestro corazón? (Huellas de Dios en la calle). Próxima aparición en Colección Seminario (SEUT-CLIE).

Espinel Marcos, J.L. Evangelio según San Juan, introducción, traducción y comentario, EDIBESA, Salamanca 1998.

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