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Nº 13, Vol. 2, Año 2003
La perfección cristiana en Wesley y Lutero
por Pablo García Rubio
Pastor de la Iglesia Evangélica Española
Antiguo profesor del SEUT]

Este año se cumple el 300 aniversario de la muerte de John Wesley ysu pensamiento es casi desconocido entre los evangélicos españoles, a pesar de que bastantes comunidades de la IEE provienen de aquellas comunidades metodistas que durante muchos años realizaron una ingente labor, principalmente en Cataluña y Baleares. Nuestro trabajo pretende ser un pequeño homenaje a esta gran figura, fundador de la Iglesia metodista, estudiando de manera comparativa su principal doctrina de la perfección cristiana con la doctrina de Lutero.

Una de las diferencias más marcadas entre Juan Wesley y Martin Lutero es que Wesley insistía constantemente en que el cristiano puede y debe llegar a ser perfecto antes de morir, mientras Lutero niega que sea posible tal cosa. Para Wesley, la doctrina de la perfección cristiana es la esencia del metodismo. Para Lutero, porotra parte, la perfección es algo que jamás se puede alcanzar en este mundo, sino sólo en el venidero, ya que el cristiano, por buen cristiano que sea, siempre sigue siendo pecador, pecador justificado, ciertamente, pero lejos de estar enteramente santificado.

Ahora bien, tanto metodistas como luteranos han supuesto, a menudo, que existe en este punto un abismo infranqueable entre Wesley y Lutero, y posiblemente ellos hubieran también pensado lo mismo. Mas se puede, al menos, poner en duda que cuando Wesley enseña su doctrina de la perfección esté realmente afirmando lo que Lutero niega. Puede que el significado que cada uno de ellos asigna a la idea de la perfección sea tan diferente que de hecho no exista la contradicción, que a primera vista parece haber. Para ello vamos primero a examinar en Wesley la interpretación de la vida cristiana y de sus posibilidades, y luego en Lutero para acabar comparándolas después.

Desde el punto de vista de Wesley, se puede decir que la vida cristiana empieza con el bautismo. En su Tratado sobre el bautismo, en el que defiende vigorosamente el bautismo infantil, su exposición se basa, no sin razón, en la enseñanza de su propia iglesia, la Iglesia de Inglaterra. Sostiene allí que por el bautismo el niño es librado de la culpa del pecado original (aunque no del pecado original en sí), tiene entrada en el Nuevo Pacto, es hecho miembro de la Iglesia de Cristo, recibe los privilegios de la adopción, y es hecho hijo de Dios por una infusión de la gracia. El bautismo infantil es, por lo tanto, tal como lo presenta Wesley, un sacramento justificante y regenerante.

Con respecto al bautismo de mayores, sin embargo, Wesley adopta una posición un tanto diferente. Establece una clara distinción entre “el signo exterior y visible” del sacramento y “la gracia interior y espiritual” que él simboliza, y sostiene que esta última, que es naturalmente la más importante, en manera alguna acompaña al primero. Se puede muy bien haber “nacido de agua” sin haber “nacido del Espíritu”, de modo que el hecho de haber sido bautizado no es garantía de regeneración. Esto es cierto, aun en el caso de los bautizados en la infancia, pues pueden haber perdido la gracia que entonces les fuera infundida. Cediendo a los impulsos del pecado original y pecando de hecho en la niñez o en la juventud, puede perderse la gracia bautismal; y Wesley creía que esto es lo que realmente sucede en la gran mayoría de los casos, inclusive el suyo propio. En consecuencia, la vida cristiana debe ser comenzada de nuevo.

A los efectos prácticos, sin embargo, podemos decir que para Wesley la vida cristiana empieza con el nuevo nacimiento que tiene lugar de la siguiente manera: Primero, uno debe rendirse a la influencia de la gracia proveniente de Dios, por la cual es preparado para la gracia convincente, como la llama Wesley, que le enseña la verdad sobre sí mismo, que es pecador, y produce en él el primer arrepentimiento. Este arrepentimiento halla expresión en su conducta y hábitos de vida, de modo que deja de hacer el mal, aprende a hacer el bien, usa los medios de gracia, y así sucesivamente. Wesley pone gran énfasis sobre tales frutos prácticos del arrepentimiento como evidencia de la genuinidad del mismo. No son en manera alguna meritorios, pero sin ellos uno no puede decir que está listo para el próximo don de la gracia, ya que su arrepentimiento no es sincero.

El siguiente paso es el de la gracia justificante, la cual recibe única y exclusivamente mediante la fe justificante, la cual es en sí misma un don de Dios. Esta tiene un doble resultado: la justificación y la regeneración o nuevo nacimiento. La justificación significa el perdón y la aceptación de parte de Dios, que efectúan un “cambio relativo” o un cambio en nuestra relación con Dios. El nuevo nacimiento implica un “cambio real”, una renovación de nuestra naturaleza que nos cambia de la imagen del diablo en la imagen de Dios, y que es producido por el don del Espíritu Santo. La justificación y el nuevo nacimiento, según Wesley, deben distinguirse siempre entre sí, pero nunca deben separarse. Van juntos y de ordinario se producen simultáneamente. Loque es más, aquellos a quienes les han ocurrido, generalmente tienen una seguridad consciente de este hecho.

Wesley insiste mucho en su doctrina de la seguridad, pero es importante notar que no hace de ella una prueba de la posición de uno con respecto a Dios. Dice que los justificados y regenerados pueden, no que deben, tener seguridad de su estado justificado y regenerado. La seguridad es un efecto, no una condición, del estado de gracia; y un efecto que en algunos casos puede ser demorado sino del todo negado. Pero normalmente debe ser esperado, y aquellos que no lo tienen aún debieran buscarlo, orar por él. Es dado por el testimonio del Espíritu Santo a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, de modo que tenemos, a la vez, una profunda convicción interior en nuestros corazones y también el fruto perceptible del Espíritu en nuestras vidas. Wesley habla también del testimonio de nuestro propio espíritu, que es poco más que el aspecto subjetivo de todo esto. En ningún caso, sin embargo, nuestra seguridad se basa en algo nuestro propio; su fuente está en el amor de Dios hacia nosotros, por el cual hemos sido reconciliados con Él y hemos llegado a amarle a Élcomo Él nos amó primero.

El hombre justificado y regenerado, sin embargo, no es un cristiano maduro, sino un lactante en Cristo. A Wesley le agrada emplear la distinción que encuentra enprimera Juan entre niños, jóvenes y padres. El niño debe crecer hasta ser un joven, y el joven un padre, antes que sea maduro o perfecto, y el proceso de este crecimiento, que empieza con el primer momento del nuevo nacimiento, es lo que Wesley llama santificación, la obra de la gracia santificante.

Es cierto que aun un niño en Cristo es santo, porque pertenece a Dios. Pero está lejos de ser perfectamente santo o enteramente santificado. Ha recibido el perdón de los pecados, de modo que ha sido borrada la culpa de su pecado original. Ha nacido de nuevo por el Espíritu Santo, de modo que ama a Dios y a su prójimo al menos en tal grado que evita el cometer pecados visibles. Pero tiene todavía en su interior el pecado original, la semilla de la enfermedad del pecado, la raíz de todos los pecados específicos, y esto afecta sus pensamientos y sentimientos tan a menudo que es culpable de pecados interiores, aunque no hallen expresión en hechos o palabras. Por lo tanto el cristiano, sea niño o joven en Cristo, siente siempre el conflicto entre la carne y el espíritu, del cual habla el Apóstol Pablo; y aunque el pecado no reina en él, no lo domina, con todo sabe que su poder es mantenido en sujeción sólo por gracia, o por Cristo que por medio de su Espíritu lucha contra él. En sí mismo, él no es más impiedad y no merece más que la condenación, de la cual sabe que escapa sólo confiando en los méritos de Cristo, no en los suyos propios. El pecado, pues, permanece, y con él la necesidad de perpetua penitencia, en el creyente justificado y regenerado, y el cristiano de Wesley, no menos que el de Lutero, puede hasta aquí ser descrito como simul iustus et pecator, a la vez justo (en Cristo) y pecador (en sí mismo).

Según Wesley, sin embargo, el creyente puede alcanzar un nivel más alto aún. Puede alcanzar, y debiera tratar de hacerlo, la santificación completa o perfección cristiana. Wesley mismo nos advierte que no llama a esto perfección “sin pecado”; le interesa la perfección cristiana como perfección en el amor, el amor de Dios y del prójimo. Ser perfecto es tener la mente de Cristo, andar como Cristo anduvo, o exhibir la clase de amor que Pablo describe en 1ª Cor, 13. En términos como estos se expresa más característicamente Wesley acerca de la entera santificación cristiana. Al mismo tiempo, él está seguro de que cualquiera que haya sido perfeccionado estará naturalmente libre de todo pecado, tanto interior como visible; sino ¿cómo podrían subsistir malos pensamientos o actitudes en quien tiene la mente de Cristo? Aun el pecado original es desarraigado del enteramente santificado o, si no nos gusta el término “desarraigado”, podemos decir “suspendido”, y Wesley no disputará con nosotros.

Todo esto es, naturalmente, obra de la gracia mediante la fe; es decir, es obra de Dios, no nuestra. Es también algo que puede suceder en un momento, instantáneamente. De hecho, podría suceder en el momento del nuevo nacimiento, de modo que alguien fuera enteramente santificado enseguida de ser regenerado. Peor Wesley piensa que esto sucede rara vez, si es que sucede. La mayoría de las personas necesitan un tiempo considerable después de su conversión, durante el cual ejercitarse contra el pecado, frecuentar los medios de gracia, y así sucesivamente, antes de estar listos para recibir lo que Wesley llama a veces “la segunda bendición” o el “segundo cambio”. En realidad teme que la mayoría no lleguen a ello antes de estar en su lecho de muerte, aunque podrían alcanzarlo mucho antes si lo buscaran ardientemente y orasen por ello, utilizando los medios de gracia que Dios ha señalado. Después de todo, nos esta prometido en la Palabra de Dios; y eso, no sólo donde Dios promete explícitamente limpiarnos de toda iniquidad, sino también implícitamente en muchos otros lugares. Elhecho mismo de que en la ley de Dios se nos ordene ser perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto, para mencionar sólo un ejemplo, implica la promesa de la perfección. Porque Dios no ordena lo que es imposible. Lo que ordena puede ser imposible para nosotros, pero no es imposible para Él hacerlo en nosotros. Además, es necesario que sea hecho; debemos ser enteramente santificados antes de morir, puesto que “sin santidad, y santidad perfecta, nadie podrá ser justificado en el Juicio Final y ser admitido en el cielo, donde no puede entrar nada sucio o impuro.

Ahora bien, a fin de que no parezca que Wesley simplifica en demasía la cuestión, y, a pesar de sus protestas habla de imposibilidades; debemos prestar atención a ciertas condiciones muy importantes de su idea de la perfección, que demasiadas veces son pasadas por alto.

Para empezar, cuando habla del pecado, Wesley traza una distinción entre lo que describe como “el pecado propiamente dicho” y “el pecado impropiamente llamado tal”. Define el primero como “una transgresión voluntaria de una ley conocida”, y el último, como “una transgresión involuntaria de una ley de Dios, conocida o desconocida”. Esta distinción es de vital importancia, ya que cuando Wesley sostiene que el cristiano enteramente santificado está libre de todo pecado, piensa solamente en el “pecado propiamente dicho”. Sabe perfectamente que el término puede tener un significado mucho más vasto y profundo que éste, pero cuando habla de la perfección cristiana ignora ese significado. El cristiano perfecto, por consiguiente es para él, el que nunca ni en pensamiento, ni de palabra ni de hecho quebranta intencionadamente ningún mandamiento de Dios que conoce. Así puede Wesley hacer justicia a dos hechos importantes: primero, que la Palabra de Dios habla de una perfección alcanzable por los cristianos e insiste en que el que es nacido de Dios no comete pecado, y así por el estilo; y, segundo, que la experiencia muestra que aun el mejor de los cristianos no está libre de toda clase de fallas e imperfecciones, muchas de las cuales aun podrían ser llamadas pecado, desde cierto punto de vista, aunque Wesley mismo no las llama así, ya que caen bajo su definición del “pecado impropiamente llamado tal”. Al mismo tiempo, Wesley se empeña siempre en aclarar bien que en muchos sentidos el cristiano no esni puede ser perfecto en esta vida. La perfección cristiana no significa infabilidad en el uso de la razón; no significa estar libre de la ignorancia o libre de la tentación; mucho menos estar libre de toda suerte de debilidades del cuerpo y alma, que no son de naturaleza moral.

Una segunda distinción importante que hace Wesley es entre lo que llama “la ley de las obras” y la “ley de la fe”. La primera significa la voluntad absoluta de Dios, que exige perfección absoluta en todo sentido, obediencia perfecta en todos los detalles. Esta fue la demanda hacha a Adán antes de la caída, y antes de la caída él estaba en condiciones de cumplirla. Pero después de la caída estamos sujetos solamente a la ley de la fe (o de la fe y el amor); es decir, que lo único que Dios exige a los hombres caídos es que crean en Cristo, poniendo en él esa fe viva que “obra por el amor”. La ley del amor está totalmente fuera del alcance de las criaturas caídas, pero la ley de la fe y del amor puede ser cumplida, aunque sólo por la gracia de Dios; y cuando la cumplimos, o más bien, cuando se cumple en nosotros, entonces somos “perfectos”. Mas si, no obstante, hubiéramos de ser juzgados por la ley “de las obras” estaríamos aún bajo condenación, y si no lo estamos es sólo por la gracia de Dios. Porque a la luz de esa ley, la más leve desviación de la norma de perfección absoluta debe ser considerada como pecado, sea voluntaria o involuntaria, consciente o inconsciente.

Aun el cristiano enteramente santificado, por lo tanto, debe recordar siempre que en sí mismo sólo merece condenación, y que sólo por los méritos de Cristo, o la gracia de Dios, no recibe lo que merece. Necesita orar diariamente por sí mismo y por los demás: “Perdónanos nuestras deudas”; porque aunque no peque deliberadamente, comete múltiples errores que juzgados estrictamente, serían faltas no sólo contra la ley de Dios, sino también contra la ley del amor. El cristiano perfecto de Juan Wesley puede no ser simul iustus et peccator, pero bien podría ser llamado simul perfectus et transgressor (perfecto y transgresor a la vez).No debesorprendernos, pues, que Wesley hablara no sólo de un progreso o crecimiento del cristiano hacia la perfección, sino también de un crecimiento en perfección. El cristiano perfecto o enteramente santificado siempre puede llegar a ser mejor de lo que es, no solo en este mundo, sino – dice Wesley- “por toda la eternidad”. Lo que es más, puede también llegar a ser peor de lo que es. Porque aunque haya sido quitada de él toda raíz de pecado, aun del pecado original, y haya llegado a su fin el conflicto entre la carne y el espíritu, todavía está expuesto a tentación y es capaz de ceder a ella; y si lo hace cae en un nivel de imperfección donde, aunque no está bajo condenación (puesto que sigue estando justificado y regenerado), no está todavía maduro para la gloria.

A la luz de lo que se ha dicho hasta aquí, debiera estar bien claro lo que significa para Wesley la perfección cristiana. Podríamos resumirlo así: el cristiano perfecto es aquel que, viviendo por fe en el amor de Dios revelado en Cristo, ha recibido mediante el Espíritu Santo una medida tal del amor a Dios y a su prójimo que este amor ha llegado a ser el motivo dominante en su vida y el único motivo por el cual es impulsado conscientemente.


Volviendo ahora a Lutero, descubrimos que para él, como para Wesley, la vida cristiana comienza con el bautismo, al cual, sin embargo, atribuye más importancia que Wesley. Para Lutero el bautismo es una opus Dei, una obra de Dios, por la cual somos incorporados como miembros en el cuerpo de Cristo y hechos partícipes de todo lo que pertenece a Cristo. En particular, el bautismo significa participación en la muerte y resurrección de Cristo, o la mortificación del viejo Adán y la vinificación del nuevo hombre en Cristo, que según Lutero equivale a la “plena y completa justificación”. Esto, sin embargo, es algo que continúa durante toda nuestra vida, de modo que la vida cristiana puede ser descrita como un bautismo diario. El bautismo, pues, es mucho más que un simple rito de iniciación; porque el morir y el resucitar que simboliza el bautismo no quedan terminados en el momento en que somos bautizados, sino solamente cuando literalmente morimos y resucitamos físicamente más allá del sepulcro. El viejo Adán –nuestra naturaleza caída, pecaminosa- tiene que ser mortificado por el arrepentimiento cotidiano, y el nuevo hombre nuestra naturaleza re-creada en Cristo- tiene que resucitar diariamente por la fe, de modo que seamos conformados a la semejanza de Cristo. Nuestra conformidad con Cristo, tiene que resucitar diariamente por la fe, de modo que seamos conformados a la semejanza de Cristo. Nuestra conformidad con Cristo, sin embargo, nunca se realiza totalmente en este mundo, sino sólo en la resurrección de los muertos, al igual que Cristo mismo tuvo que sufrir y morir antes de entrar en la gloria.

La misma idea se expresa con otras palabras cuando Lutero dice que el bautismo nos regenera, o que del bautismo sale un hombre nuevo. No quiere decir con ello que cuando somos bautizados se opere en nosotros algún cambio psicológico o metafísico, y creo que élhubiera rechazado la idea de una infusión de la gracia. La regeneración bautismal es más bien una anticipación sacramental de la regeneración escatológica de la que habla el Nuevo Testamento, cuando el Hijo del Hombre se sentará en el trono de su gloria. No que el bautismo sea un mero signo que sólo señala más allá de él sin contener nada de la realidad que representa. Por el contrario, Lutero hubiera criticado la neta separación que Wesley hace entre el “signo exterior y visible” del bautismo y la “gracia interior y espiritual” que significa. El bautismo mismo es un acto de gracia de Dios, un acto en el cual el Santo se inclina hacia los pecadores hijos de los hombres y los atrae hacia sí. Por esta razón, casi con seguridad, habría rechazado la idea de que la gracia del bautismo puede ser borrada por el pecado; para él esto habría significado que Dios mismo dejara de tener gracia, es decir, de perdonar los pecados, lo cual. Desde luego, no es lo que Wesley quiere decir.

Al mismo tiempo, Lutero sabe bien que muchos que han sido bautizados no se guían durante el resto de su vida por la norma establecida en su bautismo. Lamenta este hecho, y culpa de ello principalmente a los pastores y maestros que no les instruyen en el significado de su bautismo, guiándolos por el camino que debieran recorrer: el camino de la fe. Porque a pesar de ser el bautismo una obra de Dios (o tal vez precisamente porque lo es) no beneficia al que no tiene fe. Es cierto que se puede decir que hasta los niños cuando son bautizados tienen una fe verdadera, aunque infantil; pero Lutero sabe bien cuán a menudo esa fe se pierde con el crecimiento, y ciertamente nunca enseña que el simple hecho de haber sido bautizado garantice a nadie que ha de ir al cielo. A veces parece que dijera algo semejante, cuando recuerda a sus oyentes o sus lectores, o se dice para sí mismo: “He, sido bautizado””, a fin de asegurarles que Dios tiene gracia para ellos. Pero debemos advertir que lo que trata de hacer entonces es despertar o fortalecer la fe en aquellos que temen o dudan. Esta lejos de creer que por ejemplo, el papa que es un enemigo del Evangelio, o el fariseo, que confía en su propia rectitud, hayan de salvarse simplemente porque una vez fueron bautizados.

¿Pero no alienta Lutero al creyente a descansar demasiado y con demasiada facilidad en su bautismo? No objetaría Wesley que hay muchos que dicen: “Yo he sido bautizado, por lo tanto soy cristiano y puedo estar seguro de mi salvación”, y que sin embargo son borrachos, blasfemos, adúlteros, etc., que evidentemente son ahora hijos del diablo, sea cual fuere la obra del bautismo en ellos? Lutero tiene su respuesta. Él insiste más de una vez en que cuando las personas llevan una mala vida, lo que debemos predicarles no es el Evangelio de la gracia perdonadora de Dios, sino la ley divina que revela el pecado y amedrenta la conciencia y lleva a los hombres a implorar misericordia, y a enmendar sus vidas. Porque aunque nadie será salvo por sus buenas obras, es cierto que será condenado si no abandona sus obras malas y se arrepiente. Para Lutero, no menos que para Wesley, el arrepentimiento debe acompañar a la fe, y podemos recordar aquí como sus “Noventa y cinco tesis” declara que nuestro Señor Jesucristo quiere que toda nuestra vida sea arrepentimiento.

Desde un punto de vista se puede decir que toda la preocupación de Lutero es llevar a los hombres al verdadero arrepentimiento y fe, lo cual significa la mortificación del viejo Adán en ellos y su resurrección a una nueva vida en Cristo; y este morir y resucitar está incluido, como hemos visto, en la interpretación de Lutero de la justificación. De ahí que no deba sorprendernos que él pueda decir: justificatio est quaedam regeneratio in novitatem, (justificado es aquel que es regenerado en novedad), o que la fe hace “totalmente nuevo al hombre”. Según él, cuando uno entra en una nueva y correcta relación con Dios por la fe, medianteJesucristo, se convierte en un hombre realmente nuevo. Porque Cristo mismo viene a morar en el corazón de los creyentes, trayéndoles su vida, su Espíritu, y todo lo suyo; y allí él está obrando diariamente para purificarnos del pecado, no sólo quitando su culpa, sino también dominando su poder. En forma similar, Lutero puede decir que el Espíritu Santo mora en los creyentes, quienes, en consecuencia se hallan presos del conflicto entre la carne y el Espíritu; “y mientras más piadoso es un hombre, más siente ese combate”. Ya que el cristiano no es alguien que sea perfecto, sino alguien que batalla, el nuevo hombre en Cristo que se levanta cada día para someter al viejo Adán. Y la victoria en este conflicto no se logra en un instante, sino que la lucha dura toda nuestra vida. No obstante, nuestra santificación, una vez emprendida por el Espíritu Santo, aumenta diariamente; porque el Espíritu obra en nosotros sin cesar, por medio de la Palabra de Dios y el perdón de los pecados, hasta que al fin lleguemos a aquella vida en que no hay más perdón, porque allí todo es puro y santo.

¿Pero hace esto alguna diferencia perceptible en nuestras vidas? En especial, ¿permite esto algún progreso real, algún crecimiento discernible en el carácter cristiano? Lutero, por cierto, habla a veces de progreso, ¿pero no insiste en el hecho de que “progresar es empezar siempre de nuevo”?Es verdad; parece como si estuviera negando todo progreso real, puesto queel estar siempre empezando de nuevo no parece la mejor forma de avanzar. ¿Pero que ese comenzar del que él habla? No es otra cosa que el arrepentimiento y la fe, la fe que está fundada en Dios y en su gracia, en sus promesas, su poder y su amor, y no en nada nuestro. Lutero sabe cuán fácil resbalar y apartarnos de ese centro confiando para nuestra salvación en el cambio que tiene lugar en nosotros, de modo que o nos enorgullecemos de nuestras propias virtudes o desesperamos por la falta de ellas. Mas las verdadera virtudes cristianas sólo pueden desarrollarse en el terreno del arrepentimiento y la fe, de modo que si abandonamos este terreno perdemos aquellas. Es por ello que sólo podemos progresar a medida que empezamos siempre de nuevo. El arrepentimiento y la fe constituyen la base permanente de la vida cristiana; la justificación es la base de la santificación.

Al mismo tiempo, Lutero es tan claro como Wesley en que el amor es una señal indispensable de la vida cristiana. Aunque la fe sola nos justifica, con todo, dice, nunca está sola, sino siempre acompañada por el amor y las obras de amor. En realidad, donde no hay amor, podemosdar por sentadoque tampoco hay fe, sino mera hipocresía. Ya que donde hay fe, se recibe el Espíritu Santo que infunde el amor de Dios en los corazones de los creyentes. De ahí que Lutero pueda exhortarnos a examinarnos a fin de ver si tenemos en nuestros corazones el testimonio del Espíritu que nos asegura que somos hijos de Dios y nos enseñe a clamar “Abba, Padre”. Puede también exhortarnos a buscar los frutos del Espíritu en nuestras vidas, en forma de “buenas obras” que “atestigüen delante de Dios y de los hombres, incluso delante de nosotros mismos, que tenemos verdadera fe y somos hijos de Dios y herederos de la vida eterna”. No cabe la menor duda de que Lutero ve al cristiano como alguien que vive en amor y crece en amor.

Mas tampoco cabe la menor duda que Lutero no concebía que el cristiano pueda llegar a ser “perfecto” en esta vida. Simul iustus et peccator (justo y pecador, al mismo tiempo) es para él la caracterización necesaria aun del más maduro y santo de los cristianos. Esto no es difícil de entender si observamos los siguientes puntos de diferencia entre él y Wesley:

1. Lutero no opera con la distinción wesleyana entre el “pecado propiamente dicho” y el “impropiamente llamado pecado”. Naturalmente, conoce la diferencia entre la “transgresiónvoluntaria de una ley conocida” y la “transgresión involuntaria de una ley de Dios conocida o no”; pero a ambas las llama “pecado” y por cierto no hubiera estado de acuerdo con Wesley en que la segunda pueda serlo “impropiamente”. Ya que el pecado no se ha de medir por nuestras normas, sino por la voluntad absoluta de Dios.

2. Lutero ignora la distinción entre la “ley de las obras” y la “ley de la fe”, como las describe Wesley. Creo que para él esto hubiera significado que Adán, antes de la caída, estaba en una relación con Dios de obediencia legal más bien que de fe. Lo cual equivaldría a decir que la relación “original” (es decir correcta y propia) del hombre con Dios estaba gobernada por la ley más bien que por la gracia; e implicaría la posibilidad de obedecer la ley sin ayuda de la fe y la gracia. Pero s según el concepto de Lutero, la fe y la obediencia no pueden sercontrastadas de esa manera, porque sólo la fe genuina puede engendrar una genuina obediencia.

3. Lutero no estaría de acuerdo con Wesley cuando éste habla de la eliminación del pecado original y el cese del conflicto entre la carne y el espíritu en los enteramente santificados. Ciertamente los cristianos no deben cometer pecados, pero no pueden ser sin pecado en el sentido de estar libres del pecado original. Este es para Luteromás bien una condición en la que los hombres se encuentran y de la que necesitan ser librados. Su liberación final sólo se produce cuando mueren en este mundo y resucitan a la vida perfecta en el mundo venidero. Siendo así que Wesley enseña muy claramente que aun el cristiano enteramente santificado y perfecto conserva múltiples imperfecciones que, juzgadas según la norma absoluta podrían ser llamadas pecados, y por causa de las cuales necesita continuamente los méritos y la intercesión de Cristo, en el fondo puede que no haya una diferencia muy grande entre ambas posiciones en este punto.

En realidad, si examinamos cuidadosamente lo que dicen Lutero y Wesley, hallamos que el monje alemán del siglo XVI y el dómine inglés del siglo XVIII están mucho más cerca el uno del otro de lo que a simple vista pudiera parecer. Ambos enseñan que la salvación es únicamente por la gracia de Dios, por la fe sola; esa salvación incluye no sólo la remisión de la culpa del pecado, sino también el quebrantamiento del poder del pecado y una verdadera renovación de la vida; yesa salvación no se alcanza completamente en esta vida, sino sólo en la vida del mundo venidero. Y si Wesley tiene mucho que decir sobre la perfección cristiana, o el amor perfecto como única motivación consciente del enteramente santificado, mientras que Lutero niega rotundamente la posibilidad de perfección en esta vida, no podemos dejar de tener presente que cuando hablan de perfección ambos entienden dos cosas muy diferentes. Lutero habla de perfección absoluta; Wesley, de una perfección “relativa”, relativa a las posibilidades que por la gracia de Dios tiene una humanidad caída. En realidad, estaríamos tentados a decir que Lutero habla de la perfección “propiamente dicha” y Wesley de la perfección “impropiamente llamada tal”. Haríamos mejor, sin embargo, en recordar que Wesley, que era versado en los Padres ante-nicenos, piensa según las líneas más dinámicas de la teleiosis griega, mientras que Lutero tiene en mente el concepto más estático de la perfectio latina.

Sin embargo, tanto Lutero como Wesley hablan del amor como el fruto necesario de la fe y el motivo determinante del nuevo hombre en Cristo; y el amor del que hablan es el amor perfecto, porque es el propio amor de Dios infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo. Este amor perfecto, siempre ve obstaculizado su perfecta expresión por la carne o el viejo hombre, del que tenemos que ser aun totalmente liberados; pero aun así, el cristiano puedey debe vivir sin impiedad, aunque no pueda ser sin pecado. Wesley, por otra parte, cree que la perfección cristiana debe ser alcanzada antes, o al menos en el momento, de la muerte, a fin de que podamos ser justificados en el Juicio final y ser admitidos en el cielo. Lutero, en cambio cree que la liberación del pecado y la perfección, en el sentido absoluto, sólo se alcanzan mediante la muerte misma, ya que la muerte es el remedio radical de Dios para el pecado, el medio que él emplea para completar la mortificación del viejo Adán,destruir al viejo hombre y liberar así al nuevo hombre en Cristo, de todo pecado y para siempre. Entonces en la resurrección de los justos, el creyente se encuentra perfectamente transformado a la semejanza de Cristo y entra en la gloria de la libertad de los hijos de Dios.

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