información matricularme programas recursos donaciones contactar
       
  Buscador
de artículos

ENCUENTRO

Separata

Varios

Recensiones

Sermones

Buscador
de sermones

 

 

 
Conferencias, 30 de sept.-1 de oct., 2006
El círculo vicioso:
De la maldición de compararse con los demás(1)
por Rainer Sörgel

1. Preámbulos

1.1 Aproximación al tema

El famoso escritor ruso Fjodor M. Dostoyewski narra en su libro Los hermanos Karamasow como uno de los tres hermanos, Aliosha, es atacado en plena calle por un chaval de nueve años. El joven agresor le muerde con inimaginable y sorprendente brutalidad en el dedo. Aliosha no encuentra ninguna explicación para esa irracional barbarie y decide averiguar al otro día el por qué de lo ocurrido. Para ello se propone visitar la familia del muchacho. Habría que anotar que Aliosha es novicio en un monasterio, por tanto su visita no tiene motivos vengativos. Una vez entrado en casa de la familia se da cuenta del desastroso panorama: La madre está enferma; el padre fue despedido del trabajo; una de las hermanas es minusválida y la otra hermana es la única que aparentemente está bien, pero el peso del cuidado de la familia ya comienza a marcar su rostro. El padre cuenta a Aliosha que la sorprendente agresividad del pequeño se debe muy probablemente a que su hermano, es decir el hermano de Aliosha, deshonró públicamente - y además de una forma muy fea - al padre del chaval. En fin, ¡fue demasiado! La vida había sido muy injusta con aquella familia. Fueron demasiados, los golpes recibidos. Fueron demasiadas las desigualdades sufridas. El brutal mordisco no fue sino una válvula de escape de la tensión acumulada que se había descargado sobre Aliosha.

Este pasaje de Dostoyewski, narrado con esa fina sensibilidad por las injusticias de la vida humana que le es propio al autor ruso, nos habla de un problema fundamental que podemos observar por doquier en la humanidad: El hombre es en menor o mayor medida un ser dominado por miedos y complejos de inferioridad que a menudo le hacen imposible ser feliz y participar de una forma normal en la vida. La dolorosa experiencia de desigualdad e injusticia - que en este planeta es inevitable - no solamente nos causa a todos un sentimiento latente de ansiedad, sino además puede agravarse en algunos casos hasta una profunda resignación que se manifiesta en un estado de bloqueo vital. Semejante como en un círculo vicioso el hombre se ve encerrado en una desgraciada frustración de la cual no consigue salir solo.

Jesús nos narra la parábola de los talentos para abordar esta problemática y para - implícitamente - ofrecer una salida de este dilema.

1.2 Para leer una parábola(2)

No cabe duda, las parábolas son un género literario propio. Semejante como ocurre con un chiste, que en principio debería entenderse por sí mismo, también la parábola posee su propia dinámica narrativa que los primeros oyentes captaron sin problemas. Pero por el hecho de nuestra lejanía cultural, temporal, social, etc. normalmente ya no entendemos sin más el mensaje de una parábola. Para superar tal abismo se ha de interpretar la parábola comenzando con dos principio hermenéuticos fundamentales, que parecen de especial importancia para el entendimiento de la parábola.

El primer principio tiene que ver con lo que J. W. Goethe expresa en una de sus poesías cuando dice »En cuanto a la ciencia somos panteístas, en cuanto a la poesía - politeístas y en cuanto a la moral - monoteístas«. En lo que venimos diciendo, una parábola guarda cierta relación con la poesía. Igual como ocurre en la poesía, así también la parábola nos relaciona con cientos de motivos del entorno de la vida humana. En principio, la parábola no es un texto religioso. Solo en su contexto narrativo de los evangelios se convierte en mensajes religioso. La parábola nos introduce en la vida común, en sus multiformes situaciones, sus problemas, sus instintos básicos, en las ambiciones humanas y en toda la mar de sentimientos que todos compartimos. Para ello, la parábola no se siente atado a una jerga religiosa ni respeta los límites ni de la propio denominación ni de la propia religión. Tanto la parábola como la poesía forman parte del tesoro común de toda la humanidad.

Por eso viene al caso lo que dice el poeta alemán sobre la poesía, »en cuanto a la poesía - politeístas«. Evidentemente no se trata de abolir el monoteísmo cristiano. Pero tanto el narrador como el oyente de una parábola necesitan disponer de un horizonte amplio, una comprensión generosa y una hermenéutica liberal(3) si quieren llevar a buen puerto su comprensión de la misma. A menudo se ha incurrido en posturas extremadamente negativas frente a la mitología griega, siguiendo al espíritu competitivo y apologético de los primeros siglos. Pero no cabe duda, la mitología griega se entiende mal si no se tiene en cuenta que su intención básica está en la percepción de una realidad (metafísica) detrás de las cosas visibles. Los numerosos dioses no tienen otra función que representar tal percepción. Y esto, es decir la hipótesis de que existe una realidad que supera todo lo empírico, también lo confiesan los cristianos. En fin, para una persona creyente, una persona abierta y religiosamente buscando todo le habla de alguna manera de Dios. A lo mismo se refiere San Agustín cuando habla de que toda la realidad tiende a ser señal.(4) Por esta anchura de mente que contiene la parábola también la exige de nosotros, cerrándose así principalmente contra toda interpretación dogmatizante y moralista. Esto ya nos lleva al segundo principio.

El segundo principio se refiera al »funcionamiento« de una parábola. Una parábola funciona como una “esclusa de afectos” (Affektschleuse). Normalmente comienza la parábola con una de aquellas situaciones de la vida humana que todos conocemos: alguien pierde una moneda; problemas en casa entre padre e hijo; la mujer está en la cocina y prepara la comida; el jefe se va de viaje; etc. Es decir, todos nos podemos identificar con lo que está pasando en el relato. Los sentimientos son los que sentimos nosotros todos los días, las reacciones nos son familiares, es fácil identificarnos con las personas y con lo que les está pasando. Compartimos sus emociones, sus deseos e ilusiones de vida. Una vez que el oyente se ha identificado con la experiencia humana común que aparece en la parábola, una vez que la parábola le ha enganchado al oyente y le ha seducido para su fin, le introduce en lo infinito y en lo existencial de la vida. Con otras palabras, de repente, todo toma una dirección que antes no se podía prever. De repente el narrador (Jesús) nos deja ver cómo el día a día de nuestra vida está relacionado con la eternidad y como el reino de Dios aparece y se introduce hasta en la cocina, etc. Lo que se produce ahora es una transformación de nuestras »fuerzas impulsivas« (Antriebsgeschehen). Nuestros instintos comunes, nuestras pasiones, o sea el conjunto de pulsaciones vitales que empuja adelante nuestra vida humana pasa por una esclusa y prorrumpe por una salida sorprendente e inesperada. Este es el efecto terapéutico, o si se prefiere »salvífico« que caracteriza las parábolas de Jesús.

2. El círculo vicioso

2.1 Nuestra situación real en el mundo

Con pocas y escuetas pinceladas presenta Jesús el escenario de la vida humana. Dos motivos destacan: el reparto de talentos y el hombre que emprende un viaje. De momento nos concentramos en el reparto, la relevancia del motivo del viaje - que en prácticamente todos los comentarios se pasa de largo - exponemos más adelante.

La escena de la parábola se desarrolla de forma muy tranquila, como si se tratase de algo que todos los días ocurriera. No se sospecha el drama de la vida humana que se esconde detrás de esteidilio. Un »hombre« se va de viaje... ¡que más da! Antes de partir reparte sus bienes a sus siervos... ¡es comprensible! Cada uno de los siervos recibe la cantidad que corresponde a su capacidad... ¡y por qué no! Fácilmente podría ser uno de esos motivos pintorescos de la época del romanticismo. Nos imaginamos el horizonte en el que los colores rojo, azul y claro se entremezclan indicando así la lejanía del viaje. En la puerta de la finca se despide el hombre de sus siervos. Ellos han recibido los talentos que en forma de monedas pesan en sus bolsillos. La fisonomía de sus caras habla de alegría y responsabilidad. Sólo el rostro de uno interrumpe la armonía del cuadro y nos da una pista del drama que esta a punto de producirse.

Se ha discutido mucho sobre el sentido del »talento«. En el marco de la Iglesia se lo ha interpretado como »ministerio«, como »oficio« de los responsables de las comunidades cristianas. Pero cuesta mucho creer que Jesús hubiera pensado en tal oficio, ya que no había todavía ni siguiera una Iglesia, sino sólo un grupo de seguidores. Otros veían en el talento los dones que el Espíritu Santo reparte entre los creyentes. Pero en esta interpretación nos topamos con el problema de que el reparto de dones - según Pablo - sigue una filosofía distinta. Mientras que los grandes dones se conceden a los pequeños, el reparto de los talentos corresponde a la capacidad de cada uno. También la interpretación que busca la solución en el »reino de Dios« no convencen realmente. Porque si consideramos el talento nada más que una parte del reino de Dios que hasta que venga el Señor hayamos de administrar, cómo hacemos justicia al carácter tan personal del reparto. Viendo todos estos problemas, algunos optaron por vías humanistas. El talento no sería otra cosa que la »personalidad«, el »yo« de cada uno. El talento como facultad personal y el trabajo del talento como el desarrollo de la misma. Esta interpretación acierta en cuanto al carácter personal del reparto. Su debilidad está en no tener en cuenta que la parábola, aunque en sí es una narración secular, pero en el contexto del evangelio sí que remite el hombre a Dios. Entonces ¿qué es el talento?

Tal vez salimos del paso, si tenemos en cuenta, de que una parábola no se debe interpretar alegóricamente, es decir, no hay que buscar para cada detalla de la narraciónla realidad correspondiente en nuestra vida. Esta primera escena de la parábola no pretende sino describir la situación de desigualdad de nuestro mundo. De momento no hay ninguna necesidad de darle al talento un significado.

2.2 El primer factor del círculo vicioso: La desigualdad

El reparto del hombre crea una situación de desigualdad, ahora hay ricos y pobres, guapos y feos, pequeños y grandes, gordos y flacos, listos y menos listos...- y así es nuestro mundo, ni más ni menos. Pero la cosa va más allá de esto. El reparto no solamente crea un mundo desigual, sino lo presupone. Una vez que lo hemos comprendido, también nos damos cuenta de que la tranquilidad idílica de esta imagen no cuadra con el drama de la vida en un mundo desigual, un mundo de rivalidades, de competencias y de injusticias. El que lee a Dostoyevski se ve confrontado una y otra vez con el hecho de las desigualdades. Aliosha, uno de »los hermanos Karamasov«, dando voz a Dostoyevski lo expresa en un momento de la novela: »No me rebelo contra Dios, pero su mundo es inaceptable«. Y los que tienen sensibilidad teológica - como la tiene el autor ruso - comprenden que ahí se nos plantea un problema gordo. Es posible que consigamos justificar la desigualdad de nuestro mundo con argumentos estéticos: la belleza requiere pluralidad de calidades, atributos varios, diversidad, complejidad, etc. Además ¿qué sería la vida si todos fuéramos iguales? Pero el escándalo no está tanto en la desigualdad inicial, sino ante todo en lo que ella provoca: la ley de comer y ser comido, la rivalidad y dura competencia entre desiguales, la comparación y el sentimiento de inferioridad. En fin, la desigualdad de nuestro mundo contradice radicalmente al carácter del Padre celestial tal y como Cristo nos lo ha transmitido.

Frente a este hecho ya no es posible justificar a Dios. La famosa teodicea no tiene respuesta y demuestra que ya la pregunta está mal planteada. Porque, si Dios realmente existe, cómo puede permitir que mientras unos se están forrando con la construcción otros no llegan al final del mes por causa de los elevados préstamos. Vale, podríamos objetar qué culpa tiene Dios de esto. Pero qué culpa tiene un niño al nacer en África, para cerrar los ojos para siempre unos momentos después de haber visto la luz de este mundo. Y no ha nacido en Europa donde con la medicina adecuada se podría haber salvado su vida. Pues, no hay respuesta, se suspende toda razón y a veces hasta la fe misma.

Es posible que ya nos hemos acostumbrado demasiado a la desigualdad existente, o que vivimos en un mundo excesivamente favorecido como para sentir el escándalo de la desigualdad. Tal vez hemos de acercar la desigualdad de un planteamiento general a un plano más personal. César Vallejo expresa este plano más cercano:

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
La resaca de todo lo sufrido
Se empozara en el alma... Yo no sé!
(... ...)
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
(5)

Si ya la desigualdad que observamos en el mundo es capaz de paralizarnos, cuando más aquella que sufrimos en carne propia. »Hay golpes en la vida...« ¡Qué golpe! Yo sólo tengo un talento el otro cinco. ¡Qué golpe! He nacido en la miseria, mi compañero como hijo de un rico industrial. ¡Qué golpe! No me va la música, ni el arte, ni he podido ir al colegio. ¡Qué golpe! La vida no es una divina comedia sino más bien una triste tragedia.

2.3 El segundo factor del círculo vicioso: La comparación con los demás

Hasta ahora hemos hablado de la desigualdad como punto de partida de nuestra vida. Además hemos aludido al dilema que ella provoca en la vida humana. La parábola que Jesús nos narra describe - nuevamente con pocas y escuetas pinceladas - la actitud de los siervos. Preguntamos por la causa de cómo es posible tal contraste de actitud.

El primero siervo demuestra - en función del buen ejemplo - que ha merecido tanta confianza. No pierde ni un secundo. Enseguida, sin tardar se pone en marcha, se va y negocia con sus talentos. También el segundo actúa de esa manera. Pero, el tercero, este pobre hombre - que desempeña el papel del mal ejemplo en la parábola - no hace absolutamente nada con su talento. El »mal siervo« sirve de contraste. Bajo tierra esconde su talento. En el contexto legal y cultural de entonces, esto es un símbolo para indicar: he aquí una persona que no está dispuesto de asumir la más mínima responsabilidad para su talento. No quiere ni verlo. Pero ¿por qué?

El contraste entre el ejemplo positivo del »buen siervo« y el ejemplo negativo del »mal siervo« ya se pone de manifiesto en su actitud (vv. 16-18). Pero será llevado al extremo en la escena de arreglar cuentas con su »señor« (vv. 19-30). Mientras que al principio no queda muy claro por qué el tercer siervo no trabaja con su talento, al final, cuando le echa toda su frustración en cara a su señor, se nos dice el por qué de su actitud: tenía miedo.

Lo que marcaba su vida fue el miedo. El miedo le había paralizado e imposibilitado participar en el juego. La cause de su miedo no es otra que la comparación con los demás, con aquel que tiene cinco talentos. Es la maldita comparación con los demás que hace que nos despistemos de lo que es nuestro talento. Siempre que nos comparamos habrá alguien que tiene más talentos. Y siempre que haya alguien que tiene más que nosotros nos sentiremos pobres, inferiores y pequeños. En la medida en la que nuestra situación real es inferior a los demás, incrementa la posibilidad de que la comparación con los demás nos cause un complejo de inferioridad. El resultado no solamente es pasividad vital, sino nuestra vida será simplemente infeliz. Tal existencia, qué es si no un infierno ya aquí en la tierra.

Buscando reconocimiento no encontramos otra cosa que un sentimiento latente de nulidad e inutilidad. Entonces, ¿por qué no hacerlo como aquel siervo que estaba harto de todo esto? Por qué no simplemente enterrar nuestro talento y deshacernos de la responsabilidad, o - para no moralizar -, de la invitación de hacer algo de nuestra vida. Tal vez no es tan »mal« la actitud del »mal siervo«. Así por lo menos el mundo nos dejaría en paz. ¿Por qué no sentarnos en el sillón de la pasividad y observar como viven los demás, por qué no disfrutar desde la postura del mirón el negociar de los demás con cinismo, crítica y sátira? De la manera que el círculo vicioso se va cerrando cada vez más.

2.4 El tercer factor del círculo vicioso: la proyección

Lo que hemos comentado hasta ahora es la experiencia que comparten todos los seres humanos. Pero ahora nos acercamos a un punto que para personas religiosas tiene una relevancia especial.

En el marco exegético de la parábola se tacha de »malo« al tercer siervo. Con ello no se pretende moralizar(6), sino se le atribuye en el papel del »malo« para trabajar con el recurso retórico del contraste. Pero esto no es todo. El tercer siervo es »malo« porque la narración quiere indicar que el problema que sufre no esta en su señor, tal como piensa el siervo, sino en él mismo. La parábola no permite la disimulación, el disfraz, o sea, la proyección de un problema personal hacia fuera. Lo que el siervo hizo fue proyectar su problema hacia el señor. Con lo cual llegamos a los que podemos llamar: »la proyección de nuestros conflictos en Dios«.

Fue Ludwig Feuerbach, un filósofo alemán del siglo XIX, quien presentó en su obra »La esencia del cristianismo« la teoría de la proyección religiosa, postulando que la religión no sería otra cosa que la veneración de la divinizada auto-imagen del hombre. Por eso toda »teología« finalmente no sería otra cosa que »antropología«. Es decir, nuestro hablar de Dios no sería otra cosa que el hablar de nosotros mismos. Feuerbach dijo frases como: »Si alabas la gloria de Dios, alabas la gloria de tu propio ser. ...Toda admiración en el fondo no es otra cosa que auto-admiración....El hombre exterioriza su ser, para luego volver a encontrarlo dentro en sí. ...La religión de antes, ha llegado a ser la idolatría de ahora: El hombre ha llegado a adorar su propio ser«.(7)

Con otras palabras: Ludwig Feuerbach reprocha a los creyentes de que al fin y al cabo no hacen otra cosa que proyectar su propio ser hacia fuera, lo llaman “dios” y lo adoran. La fe - ¿nada más que un acto de proyección? El creyente - ¿acaso solamente proyecta fuera todo lo consciente e inconsciente que lleva dentro para crearse así su dios; un dios que no sería otra cosa que su ser interior divinizado? De su teoría, Feuerbach sacó la conclusión: Dios no existe y el cristianismo es una mentira. Pero,¿Tiene razón Feuerbach? ¿Qué le podemos responder?

Evidentemente, el hombre proyecta muchas cosas en su imagen que tiene de Dios. Una simple investigación de diferentes caracteres, genios, temperamentos, culturas e historias de personajes religiosos demuestra claramente que la experiencia de nuestra fe y la teología acerca de »nuestro dios« dependen en gran medida de nuestra contexto vital y de nuestro perfil sicológico. William James ha demostrado que el talante de la conversión depende del carácter de cada persona.(8) Pero, y en ello hemos de replicar a Feuerbach, todo eso no significa necesariamente que Dios no exista y que todo lo que sabemos de Dios sólo fuera el eco de nuestra propia voz que retumbase en nuestro oído.

Pero lo que sí que existe es la proyección. Lo que sí que existe - y lo que el estudio de la historia de la Iglesia demuestra con mucha evidencia - es que introducimos en nuestra imagen de Dios problemas, aspectos y conflictos que no son propios de Dios, sino que son nuestros.

El tercer siervo, que ha recibido un solo talento, percibe toda su vida como algo pobre e infortunado. La vida le parece dura y Dios espera algo de él lo que jamás es capaz de dar. Por lo tanto - así concluye el mal siervo -, Dios tiene que ser duro, tacaño, severo, exige lo que no ha dado y espera lo imposible.

Y es lógico, nada más aparecer el señor, el siervo no tarda en descarga toda su desesperación ante él - lo cual es sicológicamente comprensible, teológicamente lícito y tal vez es el primer paso para reconstruir su vida y su teología. Ahora se pone de manifiesto que su miedo y sentimiento de inferioridad, la experiencia de desigualdad e injusticia y la maldita comparación con los demás han manipulado su imagen del señor: un señor duro.

El problema que él tenía en vida ahora lo ha proyectado hacia su señor. Así también hoy en día, proyectamos en Dios las muchas cosas que en principio son nuestros problemas con ciertos temas, experiencias y problemas. ¡Cuántas veces ha ocurrido en la historia que Dios tenía que servir de patrocinador absoluto para promover las ideas de los hombres!

2.5 El cuarto factor del círculo vicioso: cuando la proyección nos alcanza

Pero el círculo vicioso no está cerrado del todo aún. La parábola todavía da un paso más allá. Y es ahora cuando también los últimos intentos de dogmatizar la parábola deberían esfumarse. Son numerosas las interpretaciones que no consiguen liberarse de la tradición exegética acostumbrada a alegorizar la parábola. Uno de los errores más graves es la identificación del »hombre« y luego »señor« en la parábola con el »Señor« (κυριος) de los evangelios.(9) Lo cual desarma la parábola de toda su fuerza sanadora y terapéutica y la convierte en una narración moralizante.

Frente a estas interpretaciones asfixiantes se descubre enseguida el carácter liberador de la parábola, una vez que se ha conseguido deshacerse de las tradiciones exegéticas erróneas. Para ser más claro: existe una diferencia fundamental entre el Jesús de los evangelios y el »señor« de la parábola. Porque mientras que el Jesús de los evangelios demanda misericordia, practica el perdón y recibe a los pecadores sin condiciones, el señor de la parábola condena sin ningún tipo de remordimientos a un pobre hombre frustrado de vida que sufre bajo una falta de reconocimiento un considerable complejo de inferioridad y miedo. La parábola no pretende de ninguna manera decir que la reacción del »señor« de la parábola estuviera en analogía con la actitud de Dios. Lo que la parábola transmite es, que la »proyección« del siervo repercute en su vida. Por eso, a la parábola hay que hacerle una lectura existencial y no histórica. El punto de aplicación no es el carácter del »señor«(10), sino el principio que el conjunto de la narración sugiere: nuestras proyecciones nos alcanzan y repercuten negativamente en nuestras vidas. Nuestra imagen de Dios y nuestras teologías se convierte en una realidad que repercute negativamente en nuestras vidas. Por eso la gran responsabilidad de la teología, de la predicación etc. Ahora sí está cerrado el círculo vicioso completamente.

3. Romper el círculo vicioso

Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que describir el problema que plantea la parábola, enfocado ante todo en la situación de la desigualdad y la maldición de compararse con los demás. Hemos hecho un recorrido a los diferentes eslabones del círculo vicioso que pueden conducir la vida a un estado de infelicidad que sufre el »mal siervo«.

Por supuesto, no queremos quedarnos aquí. Se supone que Jesús cuenta esta parábola precisamente con el motivo de desvelar este círculo vicioso y de ofrecer con ello una salida de tal infierno. Jesús no pretende ni mucho menos condenar. Al contrario, el autor de esta parábola demuestra que ha comprendido el sufrimiento de los que no consiguen levantar cabeza y deshacerse de sus miedos y complejos de inferioridad. Entonces ¿cómo se puede romper este círculo vicioso, cómo se puede salir de este dilema?

3.1 El acto resuelto

Para salir del dilema no hay otro remedio que lanzarse por medio de un acto resuelto a la vida - a pesar de y en contra de todos los miedos posibles. Hay que lanzarse y participar creativamente en la transformación de nuestro mundo. Porque, si es posible ofrecer una interpretación del »talento«, qué es si no nuestro grano de arena, nuestra participación creativa en la transformación del mundo. Y qué es el »reino de Dios«, si no un mundo digno de vivir en él como ser humano. Y qué es el »negociar« con su talento, si no el valentía práctico de diseñar tal mundo y emprender los primeros pasos hacia él.

Evidentemente, la recomendación de un acto resuelto...a estilo de un »imperativo categórico« no es nada nuevo. Incluso puede ser malinterpretado en el sentido de comprenderlo como uno más de los disparos en el fuego cruzado de »imperativos moralizantes« que salieron de los cañones teológicos de la cristiandad a lo largo de los dos últimos milenios. Desde luego, a partir de Sigmund Freud, la teología debería saber que con tal imperativo no se puede ni se debe presionar al hombre. Pero en el marco de nuestro problema y en el contexto de la parábola me parece lícita tal invitación resuelta a la vida - y así me gustaría definir este imperativo -. Lícito, porque la parábola nos ofrece implícitamente tres recursos importantes que posibilitan la realización de dicho acto resuelto.

3.2 El plano personal

A nivel personal, lo importante es dejar de compararse con los demás. Todo el dilema tiene ahí su origen y motor negativo: En lugar de mirar a mi propio talento estoy mirando al otro. Por lo tanto, lo que hace falta es »tomar conciencia de mí mismo«. Lo que hace falta es »ser yo mismo«. Habría que pasar de la pregunta por el otro a la pregunta de ¿quién soy yo? Esto es lo que Jesús propone indirectamente por medio de la parábola: En lugar de pensar en lo que me falta en comparación con el otro, no sería mejor pensar en aquello de lo que dispongo yo mismo. Para salir del papel del »mal siervo« es imprescindible emprender el arriesgado camino de la individualización. Uno de los defensores más importantes de la individualización era Hermann Hesse, el famoso escritor y pensador alemán. En uno de sus libros autobiográficos dice:

El mundo no existe para ser mejorado. Tampoco vosotros estáis aquí, para que se os mejore. Estáis aquí, para enriquecer al mundo con ese sonido, con ese matiz y con esa sombra. ¡Sé tú mismo! - entonces el mundo será rico y hermoso. Si no eres tú mismo - es decir si eres un cobarde y un mentiroso - entonces el mundo te parecerá pobre y necesitado de mejora.(11)

Lamentablemente es así que la historia de la Iglesia es un buen ejemplo de como se ha intentado una y otra vez someter el individuo bajo la supremacía de una jerarquía y de un aparato religioso. Lo individual fue (y es) suprimido y hasta asfixiado a favor de lo colectivo. Un sistema fundado en tales principios no soporta la autonomía del individuo. Parece importante aclarar: »Individualización« no tiene que ver con »individualismo, narciso, y egoísmo«.

Pero la intención de Jesús no deja lugar a dudas, para él se trata de sacar al individuo de todo tipo de determinaciones ajenas, sistemas religiosas, etc. Para ello, Jesús pone al individuo de una forma radical en relación con el buen Padre celestial como única referencia que determina la vida, otorgándole así al individuo un valor propio absoluto. Con ello, el monoteísmo judío llega a su expresión máxima para el desarrollo del ser humano, en cuanto que individuo. Un valor que pronto se ha olvidad bajo el cambio constantiniano y la unificación forzada, pero fue redescubierto en la reforma para el ámbito religioso y secularizado en la ilustración. Con lo cual se nos presenta una de las más importantes justificaciones de la existencia del actual protestantismo y de las comunidades evangélica.

3.3 El motivo del viaje: camino de individualización

El segundo recurso para apoyar el acto de lanzarse a la participación creativa en la vida tiene que ver con un motivo que a menudo se pasa de largo: el viaje. Lo que en las interpretaciones clásicas y alegóricas se ha interpretado como »ausencia de Cristo entre su primera y segunda venida«, no solamente incurre en el error de dogmatizar (si no escatologizar) la parábola, sino además hecha a perder la riqueza de ese motivo y su contribución para resolver el problema humano subyacente a la parábola. La postulada individualización, como requisito de cobrar conciencia de sí mismo y de su talento para escapar de la comparación queda plasmada en el viaje del hombre.

El motivo, o arquetipo del »viaje« es una figura que aparece en muchos cuentos, historias, mitos y leyendas, tanto del mundo antiguo como del mundo moderno. También en la Biblia es un motivo preferido. Abraham emprende un viaje hacia una tierra que Dios le promete (Génesis 12); Jacob viaja a Padan-aram, esto sí para volver cambiado (Génesis 28); el pueblo Israel viaja por el desierto y también Jesús viaja a Egipto, al desierto, y finalmente a Jerusalén.

Existen muchas otras obras que recogen el motivo del viaje: La famosa »Odisea« de Homero; »La divina comedia« de Dante; en el mundo evangélico se conoce »El peregrinaje de Bunyan«; y quién no conoce »En 80 días por el mundo«. En todos estos viajes se atraviesa los infiernos y cielos de la vida humana y finalmente los viajeros llegan no solamente con un equipaje de muchas experiencias, sino como personas transformadas. En el viaje se han encontrado con el mal y con el bien, con Dios quien los acompaña y - last but no least - consigo mismo.

El arquetipo de un »largo viaje«, nada tiene que ver con la comprensión moderna de llegar da »A« a »B«. Para el hombre antiguo (y para el moderno también), un viaje siempre es un viaje a sí mismo. Las pruebas y lo peligros, los animales y las bendiciones, los amigos y enemigos, los encuentros y desencuentros del viaje, qué son si no reflejos del propio alma que en situaciones extremas salen a flote. En la mitología, los viajes (al cielo y al infierno), qué son si no viajes al cielo y al infierno dentro de cada uno de nosotros mismos. El que emprende un viaje intenta - consciente o inconscientemente - responder la pregunta: ¿Quién soy yo, qué es la vida, qué es el mundo, quién es Dios y cómo puedo encontrarlo?

El viaje del »hombre« de la parábola de los talentos se presenta indirectamente como valioso recurso para el »mal siervo«, que tan concentrado está en los demás. La gran mayoría de los comentaristas (para no decir ninguno) no entienden - precisamente por los presupuestos cristológicos - el motivo del viaje como un recurso fiable para salir del dilema. Aunque hay que hacer una concesión cristológica obvia: El »hombre« (ανθρωπος) que emprende el viaje, regresa para ser »señor« (κυριος). El término griego no deja dudas, aquí se está pensando en Cristo. Pero cabe dudar de que Jesús, al contar la parábola, también pensara en sí mismo. Más probable es que fuera la comunidad postpascual la que introdujo este matiz. Pero de lo que no cabe duda - y en este sentido (fuera la comunidad o no) es legítimo el matiz cristológico - es que Jesús fue alguien que en su vida sí había recorrido el camino de la individualización. Las experiencias religiosas de su bautismo, su etapa en el desierto y la vivencia de la transfiguración, etc. no dejan lugar a dudas. Jesús desarrolló su talento de una forma magistral, no mirando a los demás, más bien confiando en su gran y único referente, a saber: su Padre celestial. Por eso es completamente legal que la Iglesia primitiva le diera el título »Señor«. Pues el que vive su vida y el que esél mismo es »Señor«.

3.4 El plano religioso: corregir nuestra imagen de Dios

Y finalmente, el último recurso que nos puede posibilitar la »participación creativa en la transformación de nuestro mundo« tiene que ver con Dios y la imagen que tenemos de él. Es decir, es de carácter teológico.

Para que la demandada concentración en sí mismo y en su propio talento no termine en la enfermedad del egoísmo, en un narcisismo patológico y en un individualismo perjudicial hace falta una orientación radical hacia Dios. Dios como nuestra gran referencia, no moralizante, sino como aquel que nos hace posible ser nosotros mismos, sin manipulaciones ni posesiones.

Pero esta confianza a menudo no surge porque nuestra imagen de Dios no es nada más que un reflejo de nuestros miedos, complejos, problemas, malas conciencias, etc. Nadie puede salir del círculo vicioso con la idea de un Dios semejante al señor de la parábola: un dios-juez, un dios ambivalente que regala talentos y echa al infierno, un dios que disfruta escuchar el crujir de los dientes y los llantos amargos de sus condenados. Fue la interpretación alegórica y dogmatizante que ha contribuido al desarrollo de tal teología. Pero al referirse a Dios como al »Juez« de nuestras vidas, lo que se pretende es liberar el individuo del acoso moral y religioso del colectivo. Dios como referencia de mi vida, esto libera de una falsa dependencia de los demás.

Otra vez me gustaría echar mano a una de las grandes palabras del legado evangélico. Lutero repetía una y otra vez la palabra »Was Christum treibet«, que se puede traducir con: »lo que le mueve a Cristo, lo que coincide con la intención de Cristo«. Es decir, Lutero no quería ver a Dios si no en la actitud y en las palabras de Jesús.

De esta manera, y con ello concluimos, se nos permite una mirada retrospectiva hacia el autor de la parábola: Jesús. En esta mirada desembocan los tres recursos que hemos venido presentando. Es por ello que la invitación a participar en la vida humana es esperanzadora. Hemos realizado un recorrido por el círculo vicioso. Acabamos de proponer como solución el acto resuelto de lanzarse a la vida humana, dejando de comparar y de proyectar. Qué más queda que reiterar la invitación de Hermann Hesse: Sé tú mismo.


1. El contenido de este artículo fue compartido en dos conferencias los días 30.09.-01.10.2006 en la »Peña de Horeb« en un retiro de la Iglesia »Encuentro con Dios« (Madrid). [volver]

2. El autor se orientó para este apartado en: Joachim Jeremías, Interpretación de las parábolas, 6ª edic. Estella: Editorial Verbo Divino, 1997. - Eugen Drewermann, »Gleichnishafte Existenz oder: Geschichten vom Lieben Gott« en: Glauben in Freiheit, vol. 2: Jesus von Nazaret: Befreiung zum Frieden, Zürich, Düsseldorf: Walter-Verlag, 1996; pp. 234-258. [volver]

3. El autor entiende aquí e término »liberal« en el sentido de la libertad investigadora de mirar atrás en la historia y estudiarlo todo sin prejuicios dogmatizantes. Así interpreta Karl Barth la libertad; Karl Barth, »Offenbarungsglaube ist liberal: Ein Gespräch mit Alfred Blatter (1968)«, en Wortmeldungen: Vorträge, Reden und ein Interview. Radio-Origi­nal­aufnahmen, Zürich: TVZ, 2002. Similar define Albert Einstein su proceder científico, enfatizando en el aspecto de la curiosidad y del respeto (Einstein sagt: Zitate, Einfälle, Gedanken, 6ª edic. Zürich, München: Piper Verlag, 2004. [volver]

4. Wolf-Dieter Hauschild, Lehrbuch der Kirchen und Dogmen­geschichte, vol. 1: Alte Kirche und Mittelalter, 2ª edic. Güterloh: Gütersloher Verlagshaus, 2000; pp. 251s. [volver]

5. César Vallejo, Obra poética completa, Madrid: Alianza Editorial, 2006; p. 59. [volver]

6. Cabe indicar que las parábolas de Jesús no son moralizantes. Pero una tendencia moralizante vemos por ejemplo en una versión que aparece en el Evangelio de los Hebreos (EvH 11). [volver]

7. Ludwig Feuerbach, Das Wesen des Christentums, Berlin: Akademie Verlag, 1984. [volver]

8. William James, Die Vielfalt Religiöser Erfahrung: Eine Studie über die menschliche Natur, Frankfurt am Main, Leizpig: Insel Verlag, 1997. [volver]

9. Como veremos más adelante, ciertamente existe una implicación cristológica lícita. Pero esto no justifica torcer hermenéuticamente la parábola a favor de una interpretación alegórica que teológicamente no es sostenible en el contexto del Nuevo Testamento. [volver]

10. Como lamentablemente lo hacen la gran mayoría de los comentaristas. Vea por ejemplo: Severiano del Páramo, »Evangelio de San Mateo«, en la serie La Sagrada Escritura: Texto y comentario: Nuevo Testamento I, Madrid: B. A. C., 1964; p.262-264. - William Barclay, Mateo II, Terrassa: Editorial CLIE, 1995; pp. 370-373. - Donald A. Hagner, »Matthew 14-28« en la serie Word Biblical Commentary, Dallas: Word Books Publisher, 1995; p.736. Que dice sobre los versíclos 28-29 “The future passiv verbs imply God as the acting subject”. [volver]

11. Hermann Hesse, Eigensinn macht Spass: Individuation und Anpassung, Frankfurt am Main: Suhrkamp Verlag, 1986; p.127. [volver]

ABRIR EL ARTÍCULO COMO ARCHIVO DE IMPRESIÓN .pdf

 

 
 
© 2000-2008 Seminario Evangélico Unido de Teología | Apdo 7 - 28280 El Escorial - España
Fundación Federico Fliedner