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Nº 3, Vol. 1, Año 1997
Sobre bolsas, dioses y esperanzas por Dionisio Byler
El día que escribo este artículo, una de las muchas noticias del telediario ha sido la de la fuerte caída de la bolsa de Hong Kong, que en un sólo día bajó un 10%. Como mi negocio no es el de la bolsa, no tengo idea de si esto es importante o no, ni si traerá consecuencias a largo plazo en otros países. Pero me llamó mucho la atención que al menos una persona se suicidara como consecuencia de esa caída de bolsa. Sé que en oriente el suicidio tiene otro significado que aquí en occidente. Allá un suicidio puede ser una acción honrosa emprendida como una especie de pago a la sociedad por los errores cometidos, mientras que aquí un suicidio es siempre trágico y sin paliativos.
Pero es de suponer que en todas partes un suicidio es el resultado de no ver otra salida, y que responde a una pérdida de capacidad para imaginar un futuro, por lo que es incapaz de ver un futuro deseable, un mundo en del que sea apetecible continuar participando. El suicidio, pues, se constituye así en la declaración final de falta de esperanza.
¿Por qué reaccionar así ante la caída de la bolsa entonces? No soy tan viejo como para recordarlo yo mismo, pero sé que en la caída de la bolsa de Nueva York en 1929 hubo no uno, sino docenas, acaso cientos de suicidios. Cundió un pánico suicida contagioso que asoló a muchas familias que repentinamente habían pasado de la riqueza descomunal a engrosar las filas de la enorme masa de gente que lucha por la supervivencia económica en medio del paro y los salarios insuficientes.
¿Es tan importante entonces la bolsa? Y si lo fuese, ¿cómo explicar los millones de personas en todo el mundo que pasan hambre e inanición hasta la mismísima muerte, pero a quienes jamás se les pasa por la mente el suicidio? Luchan por vivir mientras les quede aliento, luego expiran lenta y agónicamente, como esqueletos apenas forrados de una fina piel, ojos hundidos en grotescas calaveras vivientes, vientres vacíos hinchados. Pero no se suicidan sino que anhelan vivir. Les trae sin cuidado esas bolsas de las que jamás han oído hablar, esas bolsas que suben y bajan con las inversiones de los que tienen para invertir. Sus propias bolsas, las que un día emplearon para llevarse a casa algo que comer, largo tiempo ha que están vacías.
Me parece que un suicidio por la caída de la bolsa viene a ser algo así como la consecuencia lógica, el desenlace natural, de la idolatría. La idolatría es ese vicio con que Satanás tiene cogida a la humanidad, que en lugar de adorar al único y verdadero y legítimo Dios, invierte todas sus esperanzas y todo su futuro en otras realidades inferiores. Puede ser el dinero, puede ser un coche, puede ser una relación sentimental; a veces el trabajo, acaso la familia, muchas veces la devoción a santos cristianos o dioses paganos. Pero ninguno de estos da la talla. Ninguno de estos puede soportar la carga emotiva de nuestra dependencia y lealtad absolutas. Tarde o temprano defraudarán, dejando un horrible vacío existencial en quien con ellos contaba para solucionar todos sus problemas.
Gracias a Dios pocos se suicidan en este mundo. Pero enormes multitudes juegan con el diablo, tientan su suerte dedicando sus vidas a realidades inferiores en lugar de centrar su existencia en el único y verdadero Dios. El es el único que, aún a veces defraudando equivocadas esperanzas que le ponen por protagonista sin su previa autorización e iniciativa, siempre acaba edificando la vida, la integridad personal, la salud, la maduración del ser humano que en él confía. El es el fuego que arde sin consumir. El es quien día a día hace renacer la esperanza como el amanecer.
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