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Nº 3, Vol. 1, Año 1997
Una lectura descarnada de la Biblia
por Sergio Rosell
Dice Thomas Merton que uno de los peligros de las personas que estudian la Biblia es el de "domesticarla, el de ir a ella sabiendo de antemano lo que ésta va a decirnos" (Opening the Bible). No está abogando Merton por una lectura meramente pietista de la Escritura, sino por un estudio serio y concienzudo en el que realmente vamos al texto para tener un encuentro con Dios. Sigue comentando Merton que no habremos llegado a saber lo que es la lectura de la Escritura hasta que, cuando vayamos a ella para encontrar consuelo, encontremos oposición, queriendo encontrar guía, nos hallemos con confusión, queriendo ser mitigados, seamos confrontados, palidecidos, sí, incluso hasta llegar a reaccionar en frustración contra el texto.
Estas palabras se han quedado conmigo desde que las leí por primera vez, y muy frecuentemente me las recuerdo a mí mismo por si cayera en la tentación de domesticarla. Dice Hebreos 4.12-13 "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien, todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta".
La palabra «abiertas» del versículo 13 es muy interesante. Proviene del verbo griego "trajêlizô", que comparte raíz con "trajêlos", que significa "cuello", "garganta", de donde viene nuestra palabra "tráquea". Es interesante porque esta expresión hace mención indirecta a lo que ocurría en los circos romanos, cuando uno de los contendientes se hacía con la victoria, el derrotado quedaba a su merced, enseñando el cuello desnudo a la espera del golpe de gracia a menos que la benevolencia de los participantes o gobernantes decidiera en contra de tal fin. Lo cierto es que esta imagen tan vívida nos ayuda a enlazar con lo que afirma Merton arriba. Ya los antiguos comprendían que el ir a la Escritura no era un fin en sí mismo sino lugar de encuentro con Dios. Temo sin embargo que mucho de nuestra práctica de estudio y devoción bíblicas se queden en mera domesticación, a pesar de intentos por hacer lo contrario. Uno de los problemas con que nos topamos es que a bien hacemos una lectura «devocional» sin relación alguna con el estudio serio y sistemático, o bien lo polarizamos haciendo del texto bíblico una exploración cuidadosa y ordenada que se queda sólo en eso, sin aplicabilidad aparente a nuestra coyuntura personal y comunitaria.
Gerd Thiessen, en su libro Estudios de sociología del cristianismo primitivo, habla de esto mismo pero desde un punto de vista distinto. Al tratar sobre el tema de los predicadores itinerantes del primer siglo, estudia los textos evangélicos enmarcados dentro de su Sitz im Leben (contexto vital) y llega a la conclusión de que el radicalismo del llamado a seguir a Jesús (por ejemplo Lucas 14.26, con la consabida frase de rechazo, odio a la familia y a uno mismo en el seguimiento de Jesús), transmitido por la iglesia primitiva hasta su puesta en escrito en el evangelio, o bien se alegoriza dejándolo inerte, o bien se radicaliza de tal modo que se hace irrealizable. Theissen acierta, desde mi punto de vista, al tomarse en serio la realizabilidad del texto en los itinerantes del primer siglo. Es decir, que aunque nosotros entendamos el texto de una manera más suavizada, no es óbice para que otros lo hayan puesto en práctica. ¿Qué cuál es la solución a todo este dilema? ¿cuál la verdadera interpretación? ¿cuál su aplicación más veraz...? No hay una respuesta fácil, ya que existen muchos factores a tener en cuenta, aunque lo cierto es que la Palabra, en momentos así, no está para dar «consejos que nos hagan felices» sino para desnudarnos, hacernos ver cuán vulnerables somos a los ojos de aquel que lo ve todo y ante quien debemos dar cuenta.
Que nuestra lectura/estudio de la Escritura sea una aventura y no un puro trámite necesita también de nuestra disponibilidad a encontrarnos con su Autor en los términos que éste indica, como bien ha expresado C. S. Lewis en su libro An Experiment in Criticism: lo primero que debemos hacer al contemplar una obra de arte o leer un libro (y este caso hablamos de la Biblia) es rendirnos a él, mirar, escuchar y recibir. La Biblia no hace apología de sí misma, no pretende demostrar que es Palabra de Dios, sino que ya desde sus primeras páginas nos incluye en su alcance, desde el comienzo de la creación humana, hasta el fin de su historia tal y como la conoce en la tierra. No podemos "preguntar antes si la obra delante nuestra merece que nos rindamos a ella, porque hasta que no te hayas rendido no hay manera posible de saberlo".
Vayamos a la Escritura pues, para encontrarnos con su autor, rindiéndonos a su contenido, para que su mensaje, vivo y eficaz, a través del estudio cuidadoso y responsable sea encarnado en nosotros, de tal manera que el mensaje que comunicamos sea el mensaje hecho carne, fruto de la transformación que nosotros mismos sufrimos en este encuentro.
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