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La liturgia en el libro del Apocalipsis
por Sergio Rosell
RESUMEN
Uno de los elementos más llamativos del libro del Apocalipsis es que siendo un libro de visiones que anuncian eventos rodeados de un aura de misterio, intriga y persecución, el tema de la adoración celestial — y de la comunidad cristiana que se une a ella — aparece muy claramente configurada, haciendo aparición repetidamente a lo largo del libro. Esta tensión entre la esperanza en medio del sufrimiento, así como la proclamación de fe de la comunidad son tema de reflexión de este artículo.
El libro del Apocalipsis es un libro entendido desde puntos de vista tan distintos, que en muchos casos ha perdido su impacto aún en la vida cultual y catecumenal de la iglesia cristiana de hoy en día en aras de una búsqueda de lo futurístico, con el consabido desapego de la realidad que rodea a la iglesia universal de Dios. Tristemente, este libro se ha usado en el mundo occidental como punto de referencia de nuestro etnocentrismo: mientras miles de personas dan testimonio diario de Jesucristo a costa de su propia vida, nosotros en el mundo rico nos hemos contentado con "observar los tiempos", esperando una persecución de ciencia ficción que nos reafirme como "la única iglesia que marca los tiempos". Que estas hojas de reflexión nos ayuden a subsanar nuestra miope visión.
Sea como sea que definamos el género al que pertenece, lo cierto es que su propia naturaleza como profecía (1,3) y a la vez como visión y visionaria (cf. 1,1.11) provoca la desorientación en el exégeta que intenta cuadrar cada elemento dentro de un sistema hermenéutico prejuiciado. Son muchos los comentaristas que afirman que es muy difícil (por no decir imposible) llegar a un acuerdo en cuanto a la estructura propia del libro. Se trazan los elementos más claros, al menos desde el punto de vista de estructura literaria, se tratan temas en cuanto a su sincronía o progresión, etc., pero pocos enfatizan el fuerte papel de soporte estructural que juega la liturgia a lo largo del libro. Sin intentar abarcar demasiado, y sin intención de sentar ningún tipo de crítica o menospreciar la labor de otros, intentaremos valorar el papel del tema de la liturgia (entendida ésta en su sentido más amplio) tanto en su función estructural como teológica dentro del libro.
El marco litúrgico impregna las páginas de la profecía desde un comienzo. Así, en 1,3 tenemos la primera de las bienaventuranzas que nos sitúan en la vida misma de la iglesia comulgante: "Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ellas escritas; porque el tiempo está cerca." Es claro que estas palabras, recibidas a partir de la transcripción de las visiones (o visión única estructurada en varias visiones, cf. 1,11) por parte de Juan, son un mensaje de actualidad para la Iglesia Universal (representada con toda seguridad por medio de las cartas a las siete iglesias en Asia Menor), que se encuentra a sí misma en medio de una atmósfera que le es hostil y contra la cual debe afirmar su identidad. La bienaventuranza a "los que leen [¿en voz alta?]" y a "los que escuchan … y guardan" parece reflejar claramente un marco de asamblea de iglesia, donde la liturgia y la praxis van de la mano, o al menos a ello se les exhorta.
Los versículos 1 a 8 de este primer capítulo también funcionan como marco litúrgico introductorio. Lo que aquí se dice acerca de Cristo, el "testigo verdadero" (1,5), asemeja más una doxología que cualquier otro género literario. Este mismo marco de confianza y afirmación de la soberanía de Dios y de Jesucristo se aprecia de nuevo en la conclusión del libro en el capítulo 22 (vv. 6s.), utilizando además prácticamente los mismos términos.
Con este marco litúrgico se inicia ahora el relato de las visiones, comenzando claro está con la del Cristo resucitado que se encuentra ahora, como primogénito de entre los muertos (1,5), en medio de los candeleros, que como explica el ángel, representan las siete iglesias (1,13.20). Es curioso que la visión tiene lugar en el "día del Señor". El término conjunto «en el día del Señor» [ kyriakç çmera] es un término que sólo aparece una vez en el NT; sólo encontramos una referencia parecida en 1 Cor. 11,20 a la "cena del Señor" [kyriakon deipnon]. Se han propuesto varios significados acerca de lo que se quiere comunicar por medio de esta expresión en 1, 10, y es muy probable que su significado primario es la del Domingo, aunque tampoco hay que desdeñar una posible alusión al "Día del Señor" en su sentido escatológico tal y como aparece en los profetas. Sea cual sea el significado último de este término, lo que nos interesa valorar aquí es cómo funciona y qué peso específico tiene en el resto del libro. A la luz del contexto histórico en que parece ubicarse el libro — durante el reinado de Domiciano (ca. 85-96) — cuando ya se ha establecido el culto al emperador y se estipula como ofensa política y digna de retribución no practicarlo, podemos observar que se contraponen de manera muy precisa, lo que toma lugar en el ámbito de la iglesia y de su realidad que vive a pesar de los eventos que la rodean, y los requerimientos estatales que van contra su propia identidad como comunidad que se debe a su Dios. Además de esto se observa una clara oposición entre el kyrios universal, el Dios todopoderoso que se proclama en 1,8 junto a la referencia a este día del Señor con el César, el auto-proclamado kyrios terrenal. Podemos por tanto hablar que la liturgia de la Eucaristía es un profundo acto subversivo, una fuerza espiritual que obra en medio de este orden caído con la función de minarlo y renovarlo. Cualquiera que sea este acto subversivo, lo cierto es que no sólo atañe al ámbito de lo espiritual, sino que tiene unas connotaciones sociales y políticas a las que la iglesia en medio de persecución, y que se denomina a sí misma cristiana, no puede escapar.
Aunque muchos han intentado encontrar la estructura del libro de una manera coherente, Apocalipsis parece ser un libro que se resiste a tal domesticación. La mayoría de las veces las estructuras forzadas sobre él no son coherentes con el conjunto. En este trabajo se defiende la postura de dividir el libro en siete bloques más o menos homogéneos. Las siete divisiones abarcarían de esta forma:
(1,1-8 Introducción); 1) 7 cartas [1,9-3,22]; 2) 7 sellos [4,1-8,1]; 3) 7 trompetas [8,2-11,19]; 4) 7 señales [12,1-14,20]; 5) 7 copas [15,1-16,21]; 6) 7 voces [17,1-19,5]; y 7) 7 visiones [19,6-22,5].
Siguiendo el sistema hermeneútico de recapitulación (es decir, que en cada uno de los septetos del libro se narran los mismo eventos pero de manera ampliada, ya sea por traer una perspectiva diferente o por añadir elementos a ella), se hace factible que en cada septeto se halle bien sea un himno o una exclamación de alabanza o incluso una declaración de fe como exhortación tanto más inclusiva. Lo cual parece confirmar la afirmación preliminar de que la liturgia juega un papel más que importante en todo el desarrollo del libro.
El autor del libro, que conjunta diversos géneros literarios desde el epistolar a lo apocalíptico, se muestra reticente a definir los planos de actuación demasiado coherentemente. Nos encontramos a Juan en ocasiones en el plano de lo terrenal siendo sorprendido por la teofanía, y en ocasiones le encontramos en "el Espíritu" (4,2) en el plano de lo celestial recibiendo visiones de lo que ocurre en este ámbito. Encontramos en el libro una pretendida dualidad espacial (que no necesariamente temporal) que se va estrechando más y más (con claros tonos climáticos) hasta que la misma ciudad celestial desciende del cielo de parte de Dios (21,2.10), a la par que a la iglesia se le exhorta a decir "Ven Señor Jesús" (22,20). La realidad que se observa en ambos planos se une en uno sólo, que parece ser la convergencia de la realidad única, no dividida, con la consumación de la historia. La alabanza y adoración que se observan a lo largo del desarrollo del libro no hace sino anticipar este momento, aunque la viva en esa tensión escatológica del "ya pero todavía no" (El adverbio taju, "pronto" aparece cinco veces en el libro, dos veces con referencia a las exhortaciones a las iglesias en los capítulo 2-3 y hacia el final del libro, siempre con referencia a la parusía, lo cual consolida esta afirmación de la tensión a la que hemos hecho alusión. Además de esto hemos de recordar que al comienzo del libro, la revelación de Jesucristo acerca de las cosas que han de ocurrir, lo harán pronto (eggus). En el interim, las doxologías y la liturgia en general sirven de lazo de unión entre estos dos planos, a manera de anticipación.
El libro comienza con un diálogo litúrgico entre lector y comunidad (1,4-8) y acaba con otro diálogo igualmente litúrgico entre Juan, el ángel, Jesús y la asamblea (22,6-21). Es por ello que algún autor, a la luz de lo que observamos arriba, no duda en calificar al Apocalipsis como "libro esencialmente litúrgico" Es en la liturgia que la iglesia descubre su misterio, entra en comunión con la asamblea celeste y alcanza su meta escatológica.
El mensaje a las siete iglesias parece que ha de ser compartido (es decir, leído en voz alta) en cada una de las iglesias, ya que forma parte de un libro más amplio que a la vez las incluye. El señor que les amonesta lo hace sobre la base de la autoridad que posee y que ha quedado patente a lo largo de la visión del capítulo 1. Este semejante al Hijo del Hombre está en medio de los candeleros, como su kyrios y salvador, vestido con su túnica talar, representando así al único sumo sacerdote, al único mediador posible para la iglesia, entre ella y su Dios. Tras esta primera serie de exhortaciones, el autor es transportado en el Espíritu y recibe la visión de la adoración alrededor del trono (4,2-11). Los veinticuatro ancianos y los cuatro seres vivientes (grupo que no siempre aparece junto a lo largo del libro, pero que sin embargo hace su aparición en momentos clave del mismo) están alrededor del trono donde se encuentra Dios, a quien nunca se describe, pero su acción no es otra que la de adorar y dirigir la alabanza al Dios y más tarde al cordero (cap. 5). Es interesante observar que los cuatro seres vivientes "…no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir" (4,8). Su alabanza es continua, lo mismo que la postración de los veinticuatro ancianos, que no cesan de sincronizar su acción cada vez que los cuatro seres adoran (4,9). Es decir, la realidad que se nos presenta en el plano de lo celestial es de una acción continua presente de adoración, sin que exista una dualidad o lucha aparente en la que haya que conquistar una victoria. Esta escena de omnipotencia contrasta con la que se describe a nivel terreno, la historia humana, donde la Iglesia es exhortada a continuar fiel a pesar de la oposición, a sabiendas de que el tiempo es corto y los acontecimientos han de suceder pronto (eggus). La pregunta que debemos hacernos en este punto es cuál es la función de la liturgia en el libro, si funciona como vía de escape frente a los brutales acontecimientos que sufre la Iglesia o si su cometido es algo más profundo y concreto. Un autor contemporáneo afirma que los capítulos 1-3 nos presentan a la «Ecclesia ad intra» que se purifica mediante la escucha de la palabra y la conversión al Señor, mientras que en los capítulos 4-22 nos encontramos con la comunidad de testigos, que hace proclamación de su fe y que trata de vencer de igual manera que su Señor ha vencido. Es esta victoria la victoria ganada a través del sufrimiento ("…vi…, y en medio de los ancianos, estaba en pie un cordero como inmolado…" 5,6), pero victoria que perdura y que se hará tangible en la historia humana al final de los tiempos, cuando todos los enemigos de Dios (y por tanto de su novia, cf. 21,4) hayan sido vencidos y no haya más rastro de ellos. La velada llamada a la iglesia a participar de la comunión (si se pudiera entender ésta en su sentido eucarístico) del Señor en 3,20 no es otra que la participación de la comunidad cristiana en la eucaristía, la cena ([y] entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo; 3,20), que proclama la victoria del cordero hasta que vuelva. Es esta celebración una llamada anticipadora, que en ocasiones la iglesia confesante puede llegar a perder de vista en su sacramentalismo, elevando su significado muy por encima de esa llamada, sin conexión alguna a su realidad cercana y concreta, sobretodo para una iglesia que sufre persecución a pesar de tener ya la victoria. Cierto que la llamada se hace de manera individual ("si alguno oye mi voz" 3,20) y no colectiva, como podría esperarse, pero nos llama la atención que durante toda la exhortación que Jesucristo (cf. 3,15) dirige a la iglesia de Laodicea, se ha referido a ésta en segunda persona singular (cf. por ejemplo 3,15.16.17. El uso del pronombre indefinido tis, "alguno" sería por tanto una referencia de apertura general a esa intimidad con Cristo resucitado, abierta a cualquiera, ya que las barreras se rompen. En cuanto al uso de "entraré a él" aquí y en dos únicas ocasiones más, cf. Lucas 1,28 y Hechos 10,3. En cuanto a la fuerte carga de anticipación del verso 20, apreciamos que a continuación, en el verso 21, se habla de aquel que vence, a quien se le "dará el sentarse en el trono conmigo". (Es interesante observar que Jesús se encuentra "de pie" frente al umbral de la puerta. El tiempo perfecto en el griego bien podría mostrarnos concomitancias entre esta referencia aquí y la del capítulo 5 donde el cordero permanece en pie, victorioso y resucitado tras su muerte vicaria; cf. 5,6 y 1,5). Esta alusión al trono se verá cumplida en los capítulos 4-5 donde veremos la estrecha relación entre Dios y el cordero (Padre y Jesucristo en 3,21), compartiendo autoridad y dominio y ejerciéndolo en todos los ámbitos del kosmos. Esta relación entre eucaristía (liturgia) y victoria es pues eje de la trama que recorre el libro, que es motivo de esperanza en medio de lo eventual y caótico, pues lo último pasará y la realidad que la iglesia anuncia por anticipado inundará toda realidad tanto en lo celestial como en lo terrenal. El tema del convite o boda (las bodas del Cordero) aparecerá de nuevo en el capítulo 19. La intensidad de esta escena marca la más cercana intimidad entre Dios y su pueblo en términos muy sugerentes, con claras alusiones veterotestamentarias, sobre todo de los profetas, aunque también del Nuevo Testamento, en especial los sinópticos. Creo que no sería insensato relacionar así el texto de 3,20 con su naturaleza proléctica (anticipadora), con su cumplimiento concreto en las bodas del cordero en el capítulo 19 (cf. también 19,17-19 el combate escatológico contra los enemigos de Dios que son ocasión de banquete cruento ["…venid y congregaos a la gran cena de Dios"]).
Habiendo afirmado lo anterior, hemos de retroceder un poco y ver qué posibles consecuencias teológicas tiene lo que se ha comentado. Podría parecer a primera vista que estas referencias litúrgicas funcionaran como artificios escapistas, más preocupados por la vida futura que con las condiciones duras y concretas de la realidad de una iglesia que se sabe perseguida y que lucha contra viento y marea para seguir fiel a Aquel que le es fiel (1,5). Sin embargo, al observar tal y cómo se ubica este profundo texto de 3,20 — como parte de la exhortación a una iglesia pecadora y altiva como la de Laodicea, vemos que se trata de una llamada a la conversión genuina, una vuelta a reconocer la autoridad de "el Amén, el testigo fiel y verdadero, el primogénito de la creación de Dios". La recompensa es la cercanía de relación, ahora, y compartir la victoria del Padre y del cordero que se anuncia ya en los próximos capítulos. Victoria en tensión escatológica, pero que hace renacer la esperanza entre aquellos que saben que el número de los mártires aún no se ha cumplido (6,11).
Así, pues, podemos concluir que las referencias litúrgicas a lo largo del libro, estructuradas de tal forma que aparecen en cada uno de los septetos, tienen la función de actualizar de algún modo la victoria total y futura de Cristo. Su objetivo primario es confesar a Cristo como Dios, pero confesándole en medio de la historia, la persecución, cuando todas las fuerza humanas y demoníacas parecen querer contradecir tal afirmación de fe. Es la aclamación de todas las criaturas, que se unen así a todas las fuerzas del cosmos, rindiéndose a su señorío; "Hasta en los lugares donde según la tradición bíblica no se podía glorificar a Dios, brota la alabanza divina". Se hace necesario recordar que a través de las visiones se reúnen diferentes grupos de personas que van formando parte de la adoración celestial que vemos en el capítulo cuatro. En el movimiento general del libro podríamos hablar de un clímax que encontraría su punto álgido en las últimas palabras de la iglesia que confirman la realidad histórica y ahistórica (es decir lo que se refiere a aquella realidad que queda fuera del ámbito computable por medios humanos y a la que Juan hace referencia por medio de imágenes que tratan de comunicar lo que de palabra sería inefable) en que se ve sumergida (22,17-20), pero dentro de cada uno de los septetos observamos también que a los coros celestiales se les unen también los coros de la iglesia confesante (5,13; 15,2-4; 19,5; etc.).
Otro elemento que es digno de estudiar en el devenir del libro es el movimiento ascendente y descendente de la adoración. Ya hemos mencionado que el libro parte de un marco litúrgico de iglesia confesante, en medio de persecución (cf. 1,9: "partícipe vuestro en la tribulación"). A continuación encontramos las exhortaciones, o mensajes, como mejor se quiera definir, a la Iglesia Universal, en las que el Señor de la misma (cf. 1,13) le insta a ser fiel (como él es fiel, cf. 1,5). El capítulo 4 comienza con la visión alrededor del trono, que nos transporta a ser parte de lo que ya está teniendo lugar en el ámbito de lo celestial. Se le invita así a la iglesia a participar de esta victoria por adelantado. La imprecisión de Juan al relatarnos las visiones en cuanto a la ubicación parece responder más a motivos bien delimitados literariamente que a un descuido por su parte. Parece querer expresar esa doble realidad de que la iglesia tiene a la vez una existencia en el plano de lo terrenal mientras que también comparte lugar alrededor del trono, es decir estando en la presencia del Dios Trino. Las repetidas menciones a las oraciones de los santos (5,8; 8,3) transportan a la iglesia delante de la misma presencia de Dios. El plano temporal pierde su rigidez desde la perspectiva humana y lo unísono y lo progresivo parecen alternarse. Esta manera de expresar la realidad en tensión que vive la iglesia no se hace por medio de la dogmática sino a través de imágenes en las que se nos permite entrar en el misterio y encontrarnos cara a cara con aquel que es al mismo tiempo víctima propiciatoria y Dios victorioso. Podríamos decir que el Apocalipsis es teología por medio de imágenes, que describen realidades tan profundas que las propias palabras no alcanzan a comunicar por sí solas.
A esta adoración, alabanza y confesión se opone la resistencia por parte de aquellos que se han rendido a la bestia y al dragón. Ésta sale del mar, oponiéndose a Dios y al cordero y levantando consigo a gran número de personas que la adoran (13,8). Es interesante observar el cuidado con que Juan describe su acción y en particular su uso de la "pasiva divina": "y se le dio autoridad" (13,5); "y se le permitió hacer guerra…" (13,7), etc. A pesar de lo terrible de la escena, los formas verbales — amén de la limitación temporal que se impone — no dejan lugar a dudas de que el señorío pertenece a Dios en todo momento. A la bestia "se le concede" ejercer su autoridad y en ese espacio de tiempo se dedica a la blasfemia, al igual que los adoradores de la bestia, que en lugar del arrepentimiento esperado, siguen en su blasfemia (cf. 16,9.11.21). Frente a esta falta de sumisión que conllevará a su destrucción final, la iglesia confiesa el señorío de Cristo así como su divinidad, en alabanza continua (7,14-15).
La alternancia entre el plano celestial y el divino es parte de la trama del libro, que lejos de adentrarse en una realidad dualista como solía hacer la apocalíptica judía, intenta crear un vínculo constante (y dinámico) entre los dos planos. Un seguimiento de la estructura del libro nos muestra a las claras que poco a poco se va cerrando esa distancia hasta que ya en el capítulo 21 observamos que la Jerusalén celestial desciende del cielo, de Dios mismo. La realidad global (es decir, lo que vemos y lo que no vemos aún, sino mediante los ojos de la fe, lo que se ha descrito por medio de sugerentes imágenes en el libro) invade así todo el cosmos, lo inunda y hace de esas dos realidades en tensión, una de cumplimiento. Es por ello que al finalizar el libro, de nuevo usando de un marco litúrgico — de conversación entre Jesús, el ángel, Juan y la iglesia — la iglesia puede decir, con toda confianza: "Amén; sí, ven Señor Jesús" (22,20).
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