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Nº 11, Vol. 1, Año 2000
El valor de la duda en la reflexión teológica por Dionisio Byler
Es curioso cómo un momento de debilidad en un individuo se puede acabar arraigando en nuestra imaginación y memoria, de manera que llega a transformarse en nuestra percepción fundamental de su persona. ¿Qué recuerda todo el mundo acerca de Tomás, el discípulo de Jesús? Sus dudas ante la resurrección. Sin embargo Tomás había sido seleccionado por Jesús de entre todos sus seguidores, junto a otros once, como los que tenían mayor «madera» de apóstol. ¡Algo positivo tiene que haber visto en él!
Si Pedro (al igual que, parece ser, los otros 9 apóstoles iniciales) se dedicó al apostolado entre «los de la circuncisión» (Gál. 2.7), Tomás, como Pablo, protagonizó la evangelización de pueblos no judíos. Puestos a hacer comparaciones, tal vez lo de Tomás tuviera mayor mérito. Pablo, que por lo que sabemos de él era un judío muy culto y profundamente conocedor de la literatura, las costumbres y el mundo grecorromanos, se dedicó a evangelizar en ese mismo entorno donde había nacido y se había educado. Tomás llegó hasta la India, muy lejos del radio de influencia del Imperio Romano, y la iglesia que fundó allí sigue en pie hasta el día de hoy. Las adaptaciones culturales, sociológicas y lingüísticas que tuvo que emprender para llevar el evangelio a donde él fue, fueron sin duda tanto o más importantes como las que emprendió Pablo para el mundo griego. Considerando su trasfondo personal como miembro de las clases inferiores de la marginada Galilea, mayor asombro produce imaginarle como misionero a la India. No cabe duda de que tuvo que ser una persona con una inteligencia privilegiada además de un espíritu sumamente sensible a Dios.
Una de las cosas que suceden frecuentemente en la educación teológica es que la fe del estudiante empieza a tambalearse. Como Tomás ante la resurrección, el estudiante muchas veces se ve repentinamente asaltado por la duda y la incertidumbre. En un clima que premia el pensar las cosas por cuenta propia y replanteárselo todo desde una perspectiva académica y con cierto rigor intelectual, el estudiante empieza a ver bajo un prisma totalmente distinto lo que antes había aprendido como verdades sencillas e inconmovibles.
Este proceso es difícil para el estudiante, que siente que se le mueve el suelo por todas partes y ya no sabe qué pensar. Es difícil también para su pastor y su iglesia, que lo que menos esperaban era que a estas alturas esta persona, aparentemente tan convencida y madura, empezaría a padecer dudas; y es difícil para el seminario, cuya misión es formar líderes precisamente para edificar la fe en el prójimo, todo lo contrario de fomentar la duda y el desconcierto espiritual.
El caso es que si Tomás vaciló antes de creerse lo de la resurrección, fue también Tomás el primero en llegar a la conclusión de que Jesús, su rabino con quien había compartido tres años de su vida pateando el polvo de Galilea, era más que solamente un hombre. Una vez satisfechas sus dudas, le proclamó «mi Señor y mi Dios» (Jn. 20.28). Mientras los otros diez se limitaban a celebrar la compañía renovada de su rabino en medio del grupo sin percatarse de lo que aquello significaba, Tomás, atravesando la dura prueba de sus dudas, acabó por darse cuenta de que si Jesús de verdad volvía a vivir, este Jesús tenía que ser nada menos que la viva presencia y realidad del Altísimo hecho carne.
A veces es necesaria la duda como paréntesis de reflexión donde se medita a conciencia respecto a lo que está en juego. La duda puede ser la manera que la mente se concentra antes de dar un enorme salto de imaginación y descubrimiento como, en el caso de Tomás, el reconocimiento de la divinidad de Jesús.
Los profesores y tutores del seminario aguardamos con reverencia e ilusión esos momentos de revelación sobrenatural que confiamos que sobrevengan a nuestros estudiantes en el transcurso de sus estudios. También somos conscientes de los riesgos que supone el estudio. La nueva información que impartimos al estudiante puede resultarle chocante, contradictoria con sus convicciones previas, incompatible con su fe sencilla mantenida hasta el momento. El estudiante puede «rebotar», acabar convencido de que nada es verdad, que el cristianismo es un castillo de naipes imposible de mantenerse en pie ante el duro soplo del escrutinio intelectual. Es un riesgo terrible que sin embargo tenemos que asumir, confiando en poder ayudar al estudiante a restablecer sus convicciones en un plano aun superior.
En ese sentido nuestra responsabilidad en el seminario no es más que una continuación de la obra de discipulado y formación espiritual que cada estudiante ha ido recibiendo en su iglesia local. Inevitablemente, por la naturaleza de esta institución de enseñanza universitaria, nos centramos en conceptos e ideas. Pero somos conscientes de que lo que hay en juego va mucho más allá del cerebro, acaba interpelando al corazón y al espíritu del estudiante.
Mientras tanto rogamos:
- a Dios que supla nuestras faltas y nos brinde a diario su guía;
- a las iglesias que oren por sus estudiantes y les tengan paciencia cuando dicen cosas que resultan extrañas e inesperadas;
- y a nuestros estudiantes que confíen que detrás de cada duda puede estar escondida una convicción más sólida que la de ayer.
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