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Nº 18, Vol. 2, Año 2005
El valor y la relevancia de la formación teológica
por Dionisio Byler

Para empezar creo que habría que aclarar qué entiendo por «formación teológica». Esto es algo que yo definiría como el desarrollo de la capacidad para situarse en el marco narrativo de la historia del pueblo de Dios y del pensamiento cristiano. Hablaremos un poquito sobre esto, y después quisiera terminar dando dos ejemplos de cómo la «formación teológica» nos puede resultar valiosa y relevante.

En primer lugar, hay que decir que me parece que todos tenemos algún tipo de formación teológica, sea ésta adecuada o no. Estoy convencido de que casi todos los seres humanos pensamos teológicamente con cierto detenimiento, llegando a conclusiones que más o menos satisfacen a cada cual respecto a la naturaleza de Dios, la vida y la espiritualidad.

Vivimos en una generación postmoderna. Para el pensamiento teológico, esto significa que ningún posicionamiento doctrinal previo, ninguna perspectiva o compromiso religioso previo será respetado más que cualquier otro. El español medio prestará atención a las razones del Papa, por qué no, o a las de un profesor de teología protestante; pero no le resultarán necesariamente más creíbles que las opiniones de los participantes de cualquier tertulia en la radio, o una conversación casual entre los protagonistas del Gran Hermano.

Sin embargo el concepto de «formación teológica» parte de la presuposición de que existirán los «formadores», por una parte, y los «sin forma», por otra parte, que deberán ser «formados» siguiendo criterios establecidos por los «formadores». Aunque en la iglesia sigamos pensando que es necesaria la formación de líderes en todos los aspectos del ministerio cristiano, inclusive la reflexión teológica, este valor tradicional en la iglesia se topa con la realidad postmoderna en que nos desenvolvemos todos nosotros, profesores y estudiantes. En nuestra generación toda la información y todo el conocimiento son fluidos, provisionales, presumiblemente válidos pero sólo hasta que surja una explicación más avanzada.

Narración antes que dogma

En este contexto lo que podemos ofrecer en un seminario, a modo de «formación teológica», es la narrativa común, el paradigma histórico dentro del que nos movemos como cristianos. Los estudiantes se situarán en esta narrativa transgeneracional y desde allí, aunque discrepen con las opiniones y los valores de los profesores —y lo que es más importante, aunque discrepen con las opiniones y los valores de sus iglesias locales y del consenso ortodoxo del cristianismo mayoritario— por lo menos hablarán el mismo idioma que los demás cristianos. Ya sea que acepten como propias las fórmulas tradicionales o reaccionen en contra de ellas desarrollando ideas nuevas, por lo menos, si han sido hábilmente «formados» para pensar teológicamente dentro del marco cristiano, serán capaces de dialogar sobre todo ello con los demás cristianos.

Ese diálogo inteligible entre cristianos se construye sobre un marco narrativo. ¿Qué quiero decir con esto? Más que conceptos, opino que la característica esencial del pensamiento cristiano es la narración.

Si nos detenemos a pensar en ello, la Biblia no nos ofrece un compendio exhaustivo de doctrinas integradas entre sí en un todo perfectamente coherente. Lo que nos ofrece es narrativa: relatos tocantes a personas que de una manera u otra vieron determinada su vida y existencia por la actividad de Dios. De esta actividad divina y de la interacción entre la actividad divina y humana, se deduce la doctrina bíblica como tal. Pero el punto de partida es narrativo, no doctrinal; por lo menos no en primera instancia.

La teología cristiana, por lo contrario, sí ha pretendido siempre describir exhaustivamente, en términos filosóficos, racionales y coherentes, la realidad espiritual experimentada por los seres humanos y aprendida por revelación divina. Sin embargo incluso aquí resultarán a la larga más interesantes, más instructivos, más importantes como buenos y malos ejemplos, las vidas de los cristianos a través de los siglos, el desarrollo histórico de movimientos, doctrinas, corrientes, modas pasajeras, etc.

Nuestra primera meta como aspirantes a teólogos en nuestra generación, entonces, debe ser la de situarnos dentro de esa historia donde generación tras generación intentamos explicarnos el sentido de nuestras vidas en relación con Dios. Es esto lo que llamo el «marco narrativo» del pensamiento cristiano: Opino que, siguiendo el modelo bíblico, son más importantes las vidas y los relatos de la actividad de Dios a través de los siglos que las fórmulas filosóficas de explicación. Esto tal vez haya sido siempre cierto, pero es especialmente cierto hoy, cuando la cultura postmoderna en la que vivimos nos hace dudar de fórmulas hechas e invariables, a la vez que nos predispone a escucharnos unos a otros cuando contamos nuestras experiencias vitales.(1)

Ese marco narrativo, el marco dentro del cual se nos ha revelado Dios a la humanidad, tiene dos polos: la Biblia y la Iglesia. La Biblia y la Iglesia nos ofrecen un cúmulo de narración o Historia que constituye el punto de partida para la teología cristiana.

Bien es cierto que hay quien, desde el estudio de la Biblia y del mundo de la antigüedad, pone en duda la veracidad de la construcción histórica que nos ofrece el Antiguo Testamento. En su posicionamiento más radical pondrían en tela de juicio la seguridad con que podemos hablar de algo así como «la Historia del Israel» en la antigüedad. Puesto que hasta hace cincuenta años esa tierra fue conocida universalmente como Palestina, insistirían en hablar de «la Historia de Palestina» en la antigüedad, historia que según ellos debería incluir forzosamente, en igualdad de condiciones, a la antigua civilización cananea e incluso civilizaciones anteriores, así como el breve reino judío de Jerusalén y el fugaz reino de Israel; pero también el paulatino fortalecimiento de la presencia de la etnia filistea o palestina. Al fin de cuentas, los judíos y los palestinos son pueblos que tienen ambos más o menos la misma antigüedad, han demostrado ambos la misma capacidad de sobrevivir en medio del ir y venir de imperios y civilizaciones mucho más grandes e importantes que ellos, y han alternado continuamente períodos de violenta rivalidad, con otros de interacción intensa y simbiótica.(2)

Desde ese posicionamiento (que como todos los posicionamientos acerca de la antigüedad y la Historia refleja también una manera concreta de entender la realidad presente) se ha llegado alguna vez a tachar de ficción o de «novela histórica»(3) el esquema general del Antiguo Testamento, ese marco de crónica histórica que se da a la colección de narraciones e historias recopiladas y organizadas como una Historia única desde la Creación hasta la reconstrucción postexílica de Jerusalén. (Crónica histórica que se prolongaría, en la Biblia cristiana, hasta abarcar a Jesús y los apóstoles.)

Sin embargo, no es verosímil imaginar que esa narrativa, ese marco de referencia general que establece el Antiguo Testamento y que le da esos visos de verosimilitud histórica, pudiera surgir, para luego difundirse como texto sagrado de toda una etnia, sencillamente como invento de un particular. Es verdad que en el siglo XX han existido las condiciones literarias, los métodos tecnológicos y el interés comercial en dar difusión a la creación por individuos, por puro placer, de obras de ficción con alcances y proporciones casi bíblicas (estoy pensando por ejemplo en Tolkien y su narrativa sobre el Mundo Medio, o en Isaac Assimov con su extensísima obra que acabó fusionando, en un todo coherente, sus numerosas novelas sobre La Fundación y sobre Robots).

Como digo, no me parece verosímil achacar a ese tipo de creatividad novelística el marco histórico que el Antiguo Testamento da a sus narraciones.(4)

Sean o no históricos en el sentido moderno cada uno de los particulares que la Biblia nos ofrece como Historia, esa narración bíblica, desde sus particulares más insignificantes hasta su esquema global de la historia de la humanidad, es una parte constituyente, indispensable, determinante, del marco narrativo en medio del que nos movemos si es que nuestro pensamiento teológico vaya a ser primeramente cristiano, y luego también útil para las iglesias evangélicas a cuyo servicio estamos.Es decir que hablamos de Adán y Eva, de Enoc, Noé, Abraham y Sara, Moisés, Josué, Samuel, Saúl, David, Salomón, Isaías, Jeremías, etc., etc., como si de verdad existieron y nos importan.Y hablamos así de ellos porque desde nuestro marco narrativo de referencia como cristianos, en efecto existieron y sus vidas impactan enormemente en las nuestras.

Y de la misma manera que la realidad concreta de la literatura bíblica (y toda la literatura cristiana posterior, que al final es toda ella directa o indirectamente derivada de la Biblia) nos obliga a situar esa realidad en un marco narrativo, así también la realidad concreta de la Iglesia nos obliga a completar ese marco narrativo con lo que sabemos, pensamos saber, adivinamos y opinamos acerca de los casi dos milenios de existencia del cristianismo.Observamos los hechos, las decisiones y el desarrollo de las ideas en el transcurso de esos dos mil años y nos posicionamos en esa historia, tomamos partido con unos u otros o declaramos estéril e innecesaria la enemistad en que derivaron las diversas opciones.

En el proceso de esto que hemos dado en llamar «formación teológica», entonces, lo que estamos haciendo es familiarizarnos, en primera instancia, con las vidas, los hechos, la historia, las narraciones, los escritos y el pensamiento de aquellos que fueron parte de esta misma Iglesia antes que nosotros; y en segundo lugar con los escritos de algunos de nuestros contemporáneos que continúan, entre otros, ese diálogo milenario dentro de ese mismo marco narrativo.

Es decir que la persona que ha adquirido cierta «formación teológica» sigue haciendo teología, igual que cualquier otro cristiano (o cualquier otro ser humano).Pero su teología dialoga más consciente e informadamente con la historia y el pensamiento de aquellos que antes que nosotros han procurado responder a preguntas muy parecidas a las nuestras, y dentro de ese mismo marco narrativo que nos ofrecen la Biblia y la Iglesia Cristiana.

Permitidme ahora dos ejemplos que ilustran el «valor» y la «relevancia» de la formación teológica.

Un ejemplo del «valor» de la formación

Hay en Jerusalén, cerca de la Puerta de las Ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos.En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos [que esperaban el movimiento del agua, porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua; el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviera].Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

Cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: —¿Quieres ser sano?

El enfermo le respondió: —Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; mientras yo voy, otro desciende antes que yo.

Jesús le dijo: —Levántate, toma tu camilla y anda.

Al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su camilla y anduvo.

(Juan 5.2-9a RV95, paréntesis y cursivas mías.)

Este pasaje, leído así, nos ofrece un concepto de Dios bastante inquietante.En las frases comprendidas entre la última del versículo 3 y todo el versículo 4, Dios actúa como organizador de carreras de minusválidos.Son carreras patéticas y crueles, fruto de la imaginación de una mente despiadada.El premio es recuperar la salud perfecta, por lo que la motivación de los participantes es enorme, y desgarrante la desdicha de la multitud de los perdedores.Y es que de vez en cuando, sin previo aviso, un ángel desciende del cielo y remueve las aguas del estanque para que sanen al primero en bañarse en ellas.Por tanto entre «los enfermos, los ciegos, los cojos y los paralíticos», todos se pelean por ser el primero en tirarse al agua.Los pobres ciegos son siempre los últimos en enterarse, porque no pueden ver cómo se mueve el agua. Los paralíticos llaman a voces a sus asistentes para que les echen una mano.La escena titubea entre cómica y de infinita tristeza.Está claro que, a no ser que sea el primero, cualquier paralítico que cayera en el agua con la esperanza de sanarse, al no poder nadar precisamente por ser paralítico, se ahogará.Tal vez Dios y los ángeles, desde el cielo, han hecho apuestas y se divierten con el espectáculo.A mí no me resulta nada divertido y en absoluto edificante.

¿Qué clase de Dios organizaría esta escena?Si no tuviéramos un marco más amplio dentro del cual situar estas frases del evangelio, la respuesta sería harto inquietante: se trata de un Dios cruel y caprichoso, que juega con los sentimientos de los más débiles y se divierte a costa de la esperanza de los enfermos.

He aquí el valor de la «formación teológica», a saber:

El desarrollo adecuado del pensamiento teológico nos ayuda a situar esta escena dentro de un marco bíblico mucho más amplio.Y así descubrimos que las ideas acerca de la naturaleza de Dios que nos inspiran estas frases no tienen paralelo alguno en la Biblia sino que, al contrario, son innumerables los textos que nos presentan a Dios como justo y misericordioso, compasivo, tierno en su amor para con los que sufren.Si bien es verdad que la vida a veces puede parecer una especie de carrera de minusválidos, donde las reglas son caprichosas y arbitrarias y se desincentiva toda esperanza, sin embargo no es ese el mensaje de la Biblia en su totalidad: Hay esperanza para todos.Y en todo caso, si hay que hablar de preferencias divinas, habría que hablar de su preferencia por el pobre, por el marginado, por el que en peores condiciones se encuentra.

El desarrollo adecuado del pensamiento teológico nos ayuda además a situar estos renglones bíblicos dentro del marco histórico de la Iglesia.Descubrimos así que este pasaje jamás se ha utilizado para derivar de él una concepción cruel y caprichosa de Dios.Pero descubrimos también que antes del siglo V ningún manuscrito del Evangelio de Juan contiene esta escena.Recuérdese que para el Ev. Juan disponemos de manuscritos que datan del siglo II.Los manuscritos que contienen esta escena son todos relativamente tardíos y de poca importancia, e incluso en muchos de esos manuscritos, estas frases vienen destacadas con asteriscos que indican su dudosa autenticidad.

Situarnos correctamente en el marco narrativo de la Iglesia significa, entre otras muchas cosas, estar informados acerca de cómo llegó hasta nosotros hoy día el Ev. Juan.Es así como podemos concluir con toda naturalidad que estas frases que nos proponen una carrera de minusválidos son un añadido, no pertenecen auténticamente al Ev. Juan.Algún predicador anónimo se inventó esta explicación para dar mayor fluidez narrativa a la escena entre los versículos 3 y 5, explicación que posteriormente un copista nos metió en el texto del evangelio que copiaba.(5)

Un ejemplo de la «relevancia» de la formación teológica

Desde que el apóstol Pablo dedicó su vida a la adaptación para el mundo grecorromano, del mensaje de Jesús, ese desconocido profeta, tosco y rural, que había predicado en un rincón remoto de la lejana Palestina, el cristianismo ha estado siempre en evolución y transformación, adaptándose asombrosamente a los cambios históricos y a una multitud de culturas e idiomas diferentes en todo este planeta.

Esa capacidad de mutación constante es vocación constitutiva del cristianismo.Sin embargo no toda adaptación es válida, no toda propuesta nueva es fiel.Ya en tiempos apostólicos existió un debate intenso acerca de cuáles cambios eran posibles sin alterar la esencia del evangelio.Los judaizantes con quienes debatía Pablo eran creyentes cristianos sinceros y profundamente piadosos, que acusaban a Pablo de transformar el mensaje hasta tornarlo irreconocible, cuando él descartaba como superficiales algunas señas de identidad como la circuncisión que siempre se había exigido de los que se añadían al pueblo de Dios.

La iglesia necesita discernir siempre su camino entre modas pasajeras y superficiales, cambios necesarios para que el evangelio no pierda vigencia con la evolución de la sociedad a su alrededor, y cambios que acaban trastocando algún punto esencial del evangelio, transformándolo en «otro evangelio», constituyéndose en herejía o apostasía.

Para evaluar las nuevas corrientes, las modas eclesiales, y las propuestas de adaptación a las circunstancias nuevas creadas por la evolución de las culturas humanas, la «formación teológica» es esencial y particularmente relevante.

Podríamos aquí pensar en varios ejemplos, pero quiero hablar brevemente sobre el sionismo premilenialista cristiano, que nace con la creación del estado de Israel hace medio siglo.Al intentar esbozar en pocas palabras una descripción del sionismo premilenialista cristiano, soy consciente de que el resultado será una caricatura que necesitaría ser matizada con mucho más cuidado.Pero intentémoslo de todas maneras:

En síntesis, me parece que lo que el sionismo premilenialista cristiano nos propone consta de los siguientes elementos, entre otros:

Dios tiene un interés muy especial, eterno e inviolable, en el pueblo judío como etnia nacional-religiosa.Todos los demás seres humanos necesitamos relacionarse personalmente con Dios mediante Jesucristo, necesitamos decidir seguir a Cristo.Sin embargo los judíos ya están en relación especial con Dios por el mero hecho de pertenecer a esa etnia o raza, y para ellos seguir a Cristo es opcional, y rechazar a Cristo no es obstáculo para que Dios siga prefiriéndolos a cualquier otra etnia.Dios les ha conservado milagrosamente a través de los siglos con el propósito de traerles otra vez a la tierra que prometió a la descendencia de Abraham, para que constituyan allí un estado nacional étnico y racial al estilo de los estados surgidos de las ideologías nacionalistas del siglo XIX (piénsese en la ideología nacionalista que dio lugar a los estados de Alemania, Italia o Polonia).La supervivencia de los judíos frente a los siglos de intentos, a veces violentos, de asimilarles a las culturas donde han vivido como minoría étnica, es religiosamente importante y tiene un significado muy distinto al de la supervivencia de etnias igualmente antiguas y perseguidas, como las de los gitanos, los kurdos, los armenios o los palestinos.La saga de la supervivencia étnica de estos otros pueblos puede ser tan antigua y tan sorprendente como la de los judíos, pero la supervivencia étnica de los judíos responde a un plan divino, porque el futuro preparado por Dios requiere la existencia de un Estado nacional judío.

Es importante que ese Estado judío esté en conflicto permanente con sus vecinos.De hecho, la existencia del Estado nacional judío ha de provocar la batalla final de todos los tiempos, la batalla de Armagedón, cuyo desenlace será el retorno de Jesucristo y el establecimiento del milenio.Por eso, cuanto mayor la violencia y la tensión en torno a Israel, más feliz es el sionista premilenialista cristiano, porque esto significa que el final está próximo.El premilenialista espera alborozado ese final, porque confía en ser «arrebatado» y perderse la «gran tribulación» que deberán padecer todos los infelices mortales que no hayan aceptado a Cristo como salvador personal.Por eso, por ejemplo, a los sionistas premilenialistas cristianos no les preocupa en absoluto, más bien les entusiasma, la violencia que se desataría si la Mezquita de la Roca, en Jerusalén, fuera derribada para construir allí un templo judío a imitación del del rey Salomón.

Esta construcción nos propone una interpretación presuntamente cristiana, presuntamente bíblica, de la realidad internacional en que vivimos.Es un intento de darle sentido religioso a algunos de los hechos violentos que asolan a nuestra generación.Nada más actual, más «relevante», entonces, que esto, es decir, el pensamiento teológico aplicado a los conflictos internacionales.

La formación teológica debería darnos herramientas de análisis para evaluar esta construcción teológica política.

  • En la formación teológica aprendemos cómo evaluar la interpretación de los diversos textos bíblicos que se aducen como evidencia de que todo esto constituye, efectivamente, revelación de los planes eternos de Dios.

  • En la formación teológica aprendemos a comparar esta visión del final de los tiempos con el pensamiento de otras generaciones que han pretendido aplicar esos mismos textos a la realidad política y social de su propio día.Desde la distancia del observador de la historia, podemos comparar esta ola de fervor milenialista con otras olas que se han producido a lo largo de los siglos, cuando la proximidad del Fin pareció tan obvio y tan inminente a nuestros antepasados, como hoy les parece a los defensores del sionismo premilenialista cristiano.Del análisis de los errores del pasado podemos recoger pautas para descubrir posibles errores en el pensamiento teológico que se nos ofrece hoy día.

  • En la formación teológica aprendemos a analizar, como ya lo hiciéramos con Juan 5.3-4, qué es lo que en el fondo se está diciendo (o por lo menos presuponiendo subliminalmente) acerca de la naturaleza de Dios.¿Cómo es el Dios que nos proponen los sionistas premilenialistas cristianos?¿Es el mismo Dios que descubrimos en la vida, la muerte y resurrección, y las propias palabras de Jesús de Nazaret?Porque una construcción como esta, que pretenda dar significado religioso a la violencia y las guerras de nuestra generación, es antes que nada una declaración acerca de la naturaleza de Dios, la naturaleza del ser humano, la naturaleza de la relación entre Dios y el ser humano, el significado de la Historia, etc., etc.Todas estas son áreas de pensamiento teológico, dignas de profunda reflexión.

No hay nada más actual, más relevante, entonces, que compenetrarnos con el marco narrativo del cristianismo, ese marco narrativo que da forma y del que toman su forma tanto la Biblia como la Iglesia.


1. Entre otras muchas teologías cristianas novedosas posibles desde la libertad que otorga la cultura postmoderna en que nos desenvolvemos, podríamos citar a modo de ejemplo la de J. Denny Weaver, The Nonviolent Atonement (Grand Rapids: Eerdmans, 2001). Cuando ya no se supone automáticamente que la mayoría, por ser muchos, tiene la razón o que las iglesias antiguamente estatales, por su conexión con el poder, tengan el monopolio de la verdad, las tradiciones minoritarias (antes descalificadas como «sectarias»), como la menonita, pueden ser por fin oídas sin prejuicios. [Volver]

2. Keith W. Whitelam, The Invention of Ancient Israel: The Silencing of Palestinian History (Londres: Routledge, 1996). [Volver]

3. Roland Boer, Novel Histories: The Fiction of Biblical Criticism (Sheffield: Sheffield Academic Press, 1997). Aunque Boer no tacha necesariamente de «novela» el relato bíblico en sí tanto como la presunta obra del presunto autor de la «Historia Deuteronomista» ideado por Martin Noth, el efecto es el de poner en duda que los géneros literarios de «historia» y de «novela histórica» sean claramente diferenciables. [Volver]

4. Me siguen pareciendo convincentes y bien argumentadas las reconstrucciones de un pasado remoto israelita en Palestina propuestas, por poner dos ejemplos recientes, por George E. Mendenhall, Ancient Israel's Faith and History (Louiville: Westminster John Knox, 2001); y Norman K. Gottwald, The Politics of Ancient Israel (Louisville: Westminste John Knox, 2001). [Volver]

5. La «explicación» no es del todo necesaria. Sin ella, Jesús pregunta a un enfermo si quiere ser sano. Éste, como no es infrecuente en las conversaciones humanas, ni siquiera escucha lo que le han preguntado (o tal vez considera que la pregunta no requiere respuesta: ¿qué enfermo no querría ser sano?). Por eso responde con un tema que le resulta mucho más urgente: su queja de que quisiera lavarse cuando fluye («se mueve») el agua, pero siempre se le adelantan otros que gozan de mayor movilidad. [Volver]

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